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Por Diego Valente reportar    Compartir

El Mezcal y la Cobra





El Mezcal y la Cobra

Si en “Simetría de Moebius”, su disco anterior, Catupecu coqueteó con las abstracciones, los caminos experimentales y la poca participación de las  guitarras (salvo en excepciones como “Nuevo libro”); ahora vuelven al terreno de las canciones redondas, poderosas y directas.

“El mezcal y la cobra” contiene varios tracks  destinados a convertirse en clásicos de esta banda  en constante cambio de integrantes (tienen  nuevo baterista, Agustín Rocino, quien fue bajista de Cuentos Borgeanos). Ya el primer corte “Metrópolis nueva” es una demoledora demostración de rock con la dosis acostumbrada de oscuridad y melodias memorables que tienen las mejores creaciones  del grupo. La canción es, también, una muestra de ese  existencialismo rockero que pone a Fernando Ruiz Diaz entre los más esmerados letristas argentinos. Ya el estribillo lo dice todo(“Y al final camino solo/ y aunque de vueltas no hay vuelta atrás/Son las cruces de un cementerio/
las que nos hablan y cuentan /que estamos acá”). En la misma línea el tema que titula, abre  y cierra el disco en  una inspirada versión acústica titulada “Shakulute peruano” tiene otro  estribillo infalible, un riff  de esos que son especialidad de la casa  y otra letra inquietante y profunda: “Mucho librado al azar/nada librado a la suerte/las respuestas que el sueño traerá/las mismas preguntas de siempre”.

A esta altura esta claro que Fernando tiene un estilo personal para componer. Ese sello tan difícil de conseguir para cualquier creador, hace que, a veces;  alguna de sus melodías suenen algo reiterativas. Eso sucede, por ejemplo, con la balada “Musas”. Sin embargo, la canción esta tan lograda que termina por convencer al más cínico de los críticos. Intima, emotiva, melancólicamente romántica. La faceta acústica de Catupecu aparece también en “Vi llover”, el track siguente, pero aquí los aires reposados de balada dan lugar al pop oscuro, desesperado y  con aires flamencos para formar  la que tal vez sea la pieza más exquisita del disco.

Pero no es el sonido acústico lo que domina “El mezcal y la cobra” sino la naturaleza eléctrica y enérgica, construida sobre distorsiones, de canciones como “Aparecen cuando bailamos”, “Baile guerrero- golpe certero” o “Klimt… pintemos”.

El arte de tapa e interior del disco está, como nos tienen acostumbrados, cuidado al máximo y repleto de detalles con referencias a las letras de los temas.  

Quienes pensaban que con “Simetría…”, Catupecu empezaba a ceder terreno estaban equivocados. “El mezcal y la cobra” es la demostración más certera de que el grupo sabe cambiar de piel, recobrar  energía y volver a golpear. Se nota que Fernando habló con sus musas más iluminadas esta vez. 

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