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Our love to admire
Aunque no lo parezca, a Interpol las cosas le resultan más difíciles de lo que podría suponerse. En los albores de esta década, lograron hacerse de cierto renombre en la escena neoyorquina gracias a su debut “Turn on the bright lights”, con el que fueron a contramano de sus compañeritos de estado: mientras The Strokes y Yeah Yeah Yeahs proponían revivir el desenfado de la génesis del punk, el grupo comandado por Paul Banks prefería crear climas envolventes y apelar a la fórmula heredada de Joy Division: voz dramáticamente grave + guitarras austeras pero justas + batería y bajo anhelando protagonismo. Pero la luna de miel duró poco. Su segundo disco, “Antics”, era la muestra de que en el fondo de su perfil “artie” se escondía un organismo sediento de hits, quizás por la envidia que les generaba ver cómo sus vecinos obtenían éxito masivo mientras ellos tenían que forcejear para salir del rótulo “de culto”. En el interín, grupos como She wants revenge o Editors usaron su misma fórmula con resultados dispares que no alcanzaban su propio nivel, pero ya les exigían un cambio.
Y así llega “Our love to admire”, donde ambos frentes entran en batalla. Por un lado, hay un regreso a las bases con “Pioneer to the falls”, donde parecieran querer regresar a sus orígenes pero ya dentro del mismo tema la propia producción se torna grandilocuente, con arreglos de percusión y cuerdas que suenan aplicados con fórceps. El derrape se hace más pronunciado en los tracks menos elaborados del disco, como “Pace is the trick” y “The scale” Por eso, momentos como “Rest my chemistry” y “Mamooth” iluminan algo de esperanza para un grupo que todavía parece no terminar de comprender que lo suyo es buscar canciones atemporales y no experimentos que formen parte de una ola actual. Ah, eso sí: hay que reconocer que nadie se esperaba un arte de tapa con animales embalsamados…

