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Cosas de Tomi
Melancolía, nostalgia, por momentos tristeza. Ese es el clima sentimental sobre el que el guitarrista, compositor, cantante y bandoneonista Tomás Lebrero moldea las canciones de su segundo álbum “Cosas de Tomi”. Rodeado por los músicos de “El puchero misterioso” (guitarra, percusión, bajo, violín, flautas) Lebrero demuestra su predilección por visitar géneros afines al folklore argentino sin perder de vista su gusto por las melodías cercanas al pop. Todo comienza con “El amor en Buenos Aires” una balada invernal y somnolienta con aires de payada que trata sobre el desamor y la trágica belleza de los días perdidos (“Quería olvidarme de vos sonriéndole a quien fuera/ pero solo conseguí acordarme de mi pena”). “Gualeguay” trae más frío y suena a algo así como una chacarera beatle. La voz de Lebrero comienza susurrante y crece hasta elevarse junto a la de Analía Sirio en un estribillo impactante (“las serpientes son mis neurosis/me picaron ya no hay dosis/ que me calme este mareo”). La fórmula folclore + melodías cuidadas alcanza aquí el punto más convincente del disco y volverá en canciones como “Tilcara” o la leve “Nadalina”. Este es, digamos, el costado apto para todo público de “Cosas de Tomi”. Pero Lebrero se sumerge también en zonas más ambiciosas y experimentales. En “Milonga Progresiva”, por ejemplo, mezcla humor (“los bueyes son de Freud/ las vaquitas de Lacan”), guitarras criollas, baterías pseudo trip hop, ruidos de chanchos, vacas y pájaros. Un ejercicio de libertad músical un tanto errático pero inusual en estos días. “Malambo del tobiano” es más extraña aún y el instrumental “Armándolo Discépolo” (que forma parte de la obra teatral homónima de Pompeyo Audivert) es otra pieza de lenta asimilación. Grabado a mitad de camino entre Jujuy y Buenos Aires, “Cosas de Tomi” nos revela a un cantautor inquieto que busca una vuelta de tuerca a los ritmos folklóricos tradicionales.

