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No Line On The Horizon
Hubo una
época en la que U2 tenía el mundo en
sus manos y, encima, editaba discos que
sorprendían. Así, el increíble Achtung baby fue la combinación exacta
entre cierta intención sonora experimental y canciones grandes, muy grandes.
Luego, con Zooropa, la banda (con la
fundamental influencia de la dupla Eno/Flood
tras de sí) fue un paso más allá, al punto de arriesgarse a perder popularidad
en pos de la experimentación musical y la convicción de no repetirse. Pop fue el comienzo del final de esos
años dorados para dar lugar a una crisis (artística no comercial, desde luego) en la que
los irlandeses se pusieron vagos, aburridos e infinitamente repetitivos. En una
palabra, andropausicos.
Si algo
habían podido dejar atrás era su antiguo gusto por evitar los lugares comunes y
por generar canciones tan poderosas que resistían los embates de los más
acérrimos detractores (¿Cómo vencer a “One”, “Acrobat”, “Babyface” o “ Stay (faraway,
so close!)”?). Los U2 envejecían mal. Tal vez por eso, tal vez porque ahora sí lograron parir un puñado de canciones muy
fuertes, “No line on the horizon”
suena como un inesperado renacimiento. Parece que buscando la tan mentada
reinvención (que llegó solo en parte) Bono
y Cía alistaron una vez más a los buenos
de Brian Eno y Daniel Lanois,
pero
esta vez los involucraron incluso en el proceso compositivo y se los
llevaron a Marruecos. Allí le dieron forma a esta nueva placa con la
que los amantes y copiones de The Edge van a estar de parabienes.
En
efecto, detrás de la frondosa producción de Eno (en la que se suceden
capas de teclados, sintetizadores, ruidos de aves marroquíes y sonidos varios)
el talentoso guitarrista irlandés esta presente todo el tiempo: “No line” es
uno de los discos con más solos de guitarra que U2 haya hecho nunca.
Hablando del sonido del disco, hay que
decirlo: la banda no ofrece nada demasiado nuevo como habían prometido sus
integrantes en sendas declaraciones a
diversos medios. Sin embargo, a diferencia de lo que pasaba en los últimos
años, se las ingenian para mantener cierta originalidad al recorrer un terreno
tantas veces transitado. “Magnificent”, por ejemplo, suena muy cerca de los
tiempos en que eran jóvenes y cantaban “Gloria”. Pero, la canción se destaca
por su nivel de clasicismo, una melodía redonda y ese delicioso solo slide de The Edge hacia el final.
El tema que
abre y titula el disco también sobresale con un groove espacial, teclados
etéreos y un Bono que maneja los
climas yendo del grito a la calma como solo el sabe hacerlo (aunque Chris Martin crea que puede disputarle
la corona). La canción está revestida por una sutil atmósfera oriental que
también sobrevuela “Get on your boots”
el imparable primer corte.
La última parte de la placa guarda dos platos
fuertes “Fez- being born” (el track más jugado, con sus jueguitos electrónicos,
ese groove circular especialidad de la
casa y una estructrura caprichosamente ondular) y, en especial, la balada nocturna “Cedars of Lebanon”. Una
perlita al estilo “Love is blindness” con un Bono jugando a ser Lou Reed e interpretando a un solitario
corresponsal de guerra que un estribillo
simple pero maravilloso repite como un
mantra la frase “return the call to home”. El único momento del disco, en el
que la banda se relaja y busca formas simples que no apuntan al gigantismo.
Pero también hay varias canciones que le restan mérito al resultado general de
la placa. “Unknown Caller" es
una invitación al bostezo y la balada “White as snow” es más aburrida aún.
El pop simplón y bastante tontito de
"I'll Go Crazy If I Don't Go Crazy Tonight" y la insulsa
“Breathe” (U2 puede componer 10
canciones así por día si quiere) tampoco aportan mucho al desarrollo de un
álbum que termina equiparando en nivel a “Pop”, aquel disco en el que a la
banda le costaba hacer equilibrio pero a
pesar de todo lograba mantenerse en pie.
Luego de dos knockouts
consecutivos ( "All That You Can't Leave Behind" y "How to Dismantle an Atomic Bomb") "No
line on the horizon" tiene el sabor de una pequeña victoria.

