Cómo Estuvo
Fito Páez en el Teatro Ópera
A piano y voz, el rosarino presentó su último disco acompañado de amigos e invitados.
Si se piensa que “Rodolfo” era el paso hacia la adultez de Fito, esta serie de conciertos en el teatro Ópera confirma esa teoría. De todos modos, en este caso, se lo debería pensar como la posibilidad de reencontrarse consigo mismo al mismo tiempo que no deja de mirar hacia delante. Porque, a veintitrés años de su debut como solista, Páez demuestra que sigue siendo un muchacho inquieto que toca el piano y que tiene unas cuantas canciones (y un corazón) para ofrecer. Nada más ni nada menos que eso. Y se hace cargo.
A las 21.40 hs, luego de diez minutos de tolerable demora, Fito apareció sobre el escenario. Saludó e inmediatamente se acercó al piano y dio por comenzando el concierto con el precioso “Waltz for Marguie”. Luego, pegaditas, siguieron “Si es amor”, “Hay algo en el mundo”, “Sofi fue una nena de papá” y “Vas conmigo”.
En ese momento, apareció en escena esa esencia de lo salvaje, mezcla de Tom Waits y Elvis Costello conocido por todos como Coki de Bernardi Con su guitarra no menos salvaje, y el acompañamiento de Fito en el piano, regaló “Desaparecer” (tema de su autoría) y una inesperada y gloriosa versión de “Taquicardia”, canción que casi siempre se queda afuera de los shows.
Después, llegaron “Dos días en la vida” (otro tema sacado del placard de Páez) y un exquisito doblete de “Rodolfo” integrado por las muy bonitas “El cuarto de al lado” y “Cae la noche en Okinawa”.
“11 y 6”, “Al lado del camino” y “Nocturno en sol +” antecedieron a “Y dale alegría a mi corazón”, con la participación de la gran Liliana Herrero (“¡cómo adelgazó Mercedes Sosa!”, exclamó una quinceañera desde la fila tres). Luego de la Herrero, vino una joya, una (otra) anomalía en los recitales de Páez: una versión magnífica de “Detrás del muro de los lamentos” que saldó el costo de la entrada, fuera cual fuera la ubicación adquirida.
“Mágica hermosura”, con su ídem, expandió el muy bonito clima hasta que Fito tomó la guitarra eléctrica y caminó hasta el borde del escenario para ofrecer la más cruda versión de “Ciudad de pobres corazones” que este cronista haya escuchado (y ha escuchado muchas).
Otra versión de “Nocturno en sol +”, esta vez con la partipación de Pilo en armónica, “El verdadero amar”, “La rueda mágica”, llena de frescura y simpatía, cantada “a trío rosarino” junto a Carlos Vandera y Gonzalo Aloras, “Polaroid (de locura ordinaria)”, coreada por el público, y “Gracias”, dedicada a Nebbia, Spinetta y García, dieron por terminado el concierto. De todos modos, faltaban los bises: “Zamba del cielo” y “Buena estrella”, con la participación de todos los invitados sobre el escenario cantando eso de “times are changing” (los tiempo están cambiando), frase, canción y cierre que cuesta creer que hayan sido productos del azar del viernes.