Korn
¿Cómo algo tan característico de una época puede aún hoy conservar ese fuego y continuar ardiendo con opulencia y oficio? Korn tiene la respuesta y bastante espalda como abarrotar un Luna Park tras dos años de ausencia en nuestro país. Inflamables.
Rayos y centellas. Súbitas tormentas, chubascos pasajeros, nubarrones electrificados, ¡piedras! Así no, ¡así, no! Dinámica de lo impensado. El aguacero que cayó repentinamente por sobre la ciudad y alrededores, pudo haber sido un obstáculo o un paliativo, según cómo se observe. Al SMN se le escapó otra vez la tortuga. La idea de que fragmentos de hielo, provenientes del traicionero cielo, asesten en nuestra humanidad y en la de la chapa de los pobres conductores, no estaba en sus planes (ni en los de nadie). Mucho menos el SMN pudo pronosticar una tempestad indoors. ¿Qué, cómo? Un tornado arrasó al Luna Park, y a su acústica primitiva. Hace dos años pocos pudieron haberlo pronosticado, pero aquello ya es historia y hoy el temporal vuelve a saquear los escenarios porteños. No abran los paraguas, abran los oídos. Korn está de vuelta.
Dos líneas bien marcadas. Atrás, un guitarrista y un tecladista a los que les cabe la función de “iniciados”, en el centro, el considerable Ray Luzier en batería (que a veces peca de cheronca, pero que no registra pifie alguno a lo largo de su faena). Adelante, la vieja guardia. Fieldy –muy en línea- si sitúa a la izquierda, el carismático Munky a la izquierda y por entre medio de todos ellos, Jonathan Davis, vistiendo su clásica joggineta de tres tiras y musculosa negra. De fondo, tan solo un telón negro con el logo de la banda. Quince minutos antes de lo pautado (nunca se supo por qué), Korn hace su entrada mientras el estadio brama por cada movimiento que efectúan sus ídolos. “4U” encabeza el set list que se advertía cuanto menos promisorio. No erran el golpe: la tercera en orden fue “Dead Bodies”. La resonancia es contundente, áspera, brutal. La delicadeza aquí no tiene lugar. Davis se pasea con andar cansino por el escenario, su garganta aguanta más de lo sospechado. Turbados y agobiantes, los de California no le hacen mucho honor a su lugar de origen. Por contrario, socavan en la crudeza del metal, lo mordaz del rap, la alteración infecciosa del funk y lo convierten en un elemento único, capaz de trascender décadas y etiquetas oportunas.
Con un estadio repleto y el sudor como clara manifestación de agite, la banda no abundó en detalles y demagogias corrientes. Ni siquiera el “We Will Rock You” de Queen, que lo unieron con “Comming Undone”, fue visto como tal. Ante el desafío, facturaron decididamente su feroz intención con “Falling Away From Me”, “Somebody Someone” y “Did My Time”. Y por si acaso aquello no era lo suficientemente bravo, quedarían por disipar las virulentas “Freak on a Leash”, “Good God” y una nueva elevación de pogo categórico para cuando sonó la inoxidable “Blind”. Oteando el final, la gaita del loco Davis sonó por enésima vez para afinar la desquiciada “Shoots and Ladders”, seguida de la cutre “Clown” y la concluyente “Got the Life”, con uno de los pogos más armoniosos que se hayan visto por última vez en el Luna Park.
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Agustín Domecq
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Diego Fioravanti
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