Black Rebel Motorcycle Club
Los últimos héroes de la clase motoquera elevaron su octanaje una vez más hasta convertirlo en una llama incandescente. Black Rebel Motorcycle Club visitó por tercera vez nuestro país y su huella no pasó desapercibida. Inflamables.
El
clima está erecto. Se percibe pesadamente vivo, lascivo. Los cuerpos oscilan
como en trance; están formando parte de un rito pagano. Un culto a lo más visceral, esencial y
substancial del rock and roll. Siendo las diez de la noche, sobre el escenario
de Niceto, que a telón abierto exhibe obscenamente el material de conquista,
dos figuras delinean el camino entre el humo y las luces tenues. Se calzan los
instrumentos y por espacio de dos horas, prácticamente, les violan los oídos a
los espectadores.

Black Rebel Motorcycle Club, ocupa el perímetro y parece
reducirlo a una habitación de 3x2. Robert
Leevon Been y Peter Hayes (ambos
de estricto negro, como si Johnny Cash
les hubiese dado el visto bueno), inician su ceremonia con “War Machine”, un
blues cadencioso y bien hipnótico. La
excusa es presentar canciones de su más reciente placa, Beat the Devil’s Tattoo, que de momento, tres de sus primeras
canciones se ajustan en su setlist, para luego cederle lugar a las más festejadas
por los que colmaron Niceto por segunda noche consecutiva. Pues bien, “Love
Burns” hace lo propio y ya todo es desenfreno y euforia. Las contorsiones de
Been (“un churro”, dirían vuestras madres), contrastan con el casi estoico
Hayes, que hace de su Gibson 355 una extensión más de su cuerpo. El tándem es
infalible. Alternan voces lenitivas que crean paisajes oníricos propios de la
extensa llanura del país al cual pertenecen. “666 Conducer”, “Shuffle Your
Feet” y “Ain’t no Easy Way” son una nítida muestra de aquello. Blues, góspel,
Americana se fusionan y construyen una muralla implacable de reverberaciones y
distorsión. Son creadores de sensaciones, estímulos, espasmos. No hay resquicio
alguno entre tema y tema, apenas si se les escapa algún “Thank you”, o lo mismo,
pero en castellano. La labor está solventando un momento atípico por estos
días; la tenacidad de las bandas de guitarras. Sostenidos únicamente por sólo
una de ellas (¡vaya contrasentido!), más un bajo saturado que a veces Robert
cambia por una electroacústica cuando la canción lo amerita. Claro. Naturalmente
está la rutilante adquisición del binomio en los parches: Leah Shapiro. Con ella es todo ganancia. La versión recargada de Moe Tucker de la Velvet Underground hace simple lo que parece difícil. Baterista de
recursos limpios y tempo férreo, Leah, además de aportarle sensualidad rocker
al asunto, es el eslabón que une esas dos columnas que batallan los overdrives
y las alteraciones de sonido. Implacables.
Las dos horas de duración parecieron desvanecerse en
el tiempo. El clima aún permanece erecto. Con algunas de las canciones más
logradas “US Government”, “Red Eyes and Tears”, “Six Barrel Shotgun” y
“Whatever Happened to My Rock N’ Roll”, el trío se retiraba del escenario con
la expectación vibrante, aguardando por más de ello que tanto los hizo
estremecer. Pues bien, a su retorno, Robert solo con su guitarra acústica quiso
que posaran todas las miradas sobre su persona y obsequió una despojada versión
de “Howl”. Levantaron al público una vez más con “Spread Your Love” y
clausuraron su obligación con “Open Invitation”, a dos voces. La conmoción
general ya era carne viva. ¿Y qué era entonces lo que le pasaba a su rock ‘n’
roll? Permanece inalterable. Rebosa de buena salud. Un motivo menos por qué
preocuparse.
Previo al recital de los Black Rebel Motorcycle, en Niceto se llevó a cabo una red carpet con varios de los artistas nacionales más destacados.
VUENOZ estuvo ahí y se encontró, ni más ni menos, que con los Catupecu Machu.