Estás en Cómo Estuvo > Café Tacuba en Buenos Aires
Café Tacuba en Buenos Aires
20 años, 20 ciudades resumidos en casi tres horas de espectáculo. Café Tacuba logró establecer un vínculo férreo con el público local a lo largo de su carrera y lo celebró con holgura y júbilo, como no podría ser de otra manera.
“Permíteme, quiero tomar el fresco/Permítanos que paremos un rato, llevamos trece años tocando” (...) “¿Qué te preocupa si voy a regresar? ¿Qué te preocupa si no valgo más?”
(...) “Si no regreso, no pasa nada, tarde o temprano alguien me viene a suplantar, ¿Qué no?”
En “Tomar el Fresco”, los Café Tacuba anunciaban sutilmente y con cierto desaire precisamente eso: tomarse un tiempo. Si se toma ése tiempo como algo artístico, bien vale (entre Cuatro Caminos y Sino hubo un bache de cuatro años). Luego, en lo que respecta a su actividad como banda... podríamos asegurar que han faltado a su palabra. Tal contradicción no hizo más que cimentar y enaltecer su status de una de las mejores agrupaciones pop de Latinoamérica -quizá un escaloncito más abajo que Soda Stereo-. Aquí están nuevamente, precisamente en la celebración de sus veinte décadas de activa vigencia en el mundillo de la música. Y porque veinte años no es nada, y porque todavía les queda mucho camino por recorrer, y porque Argentina será siempre una comarca más que atractiva para ellos donde, naturalmente, serán siempre bien recibidos.
20 años, 20 ciudades. Que la nostalgia permanezca, pero que el presente siga con la dicha en movimiento.
Una intro telúrica y etérea se conjuga con unas antiquísimas fotos de la banda. Rostros lozanos y atuendos de chaparritos, flyers de corte netamente rancheros y mucha, pero mucha simpatía. Hacen su entrada por separado. Toman posición delante de unos pads electrónicos y los aporrean al unísono. “Estadio (la 9)”, el tema, oficia de intro. Un sonido trash metal y unos flashes de luz blanca desconciertan a muchos con una versión “El Borrego”. Siguen en la misma línea con “Pinche Juan”, pero los pies y las cabezas, que hasta ése instante aguardaban su momento para hacer su gracia, tuvieron su bautismo con “No Controles”, seguida muy de cerca por “Alármala de Tos” y “Labios de Jaguar”. Ahora sí. El público salta de sus cómodos asientos y se entrega al baile desenfrenado. Rubén, Meme, Joselo y Quique conforman una banda de primera línea, con sobradas muestras de talento y experiencia. El sonido es directo, fiel y sobrecogedor, lo mismo para con la puesta en escena, donde cuelgan rectangulares y sobrias pantallas de leds. “Gracias por no haberse dejado llevar por la influenza”, comenta ése pequeño gran orador que es Rubén Albarrán en clara alusión a la Gripe A (al costado del escenario unos carteles con la leyenda “Visite México” tímidamente tratan de reactivar el turismo).
“El Baile y el Salón”, devuelve toda cadencia bailable y amena bien característica del ahora quinteto (notable el desempeño de su baterista, Luís Ledesma), y arroja el clásico cantito a capella de Meme por el casi colmado Estadio Luna Park. Misma suerte tuvieron “Amor Violento” y “Déjate Caer” (quizá unos de los relámpagos más altos de la noche). Sobre todo en ésta última, donde la coreo respectiva estuvo a la altura de las circunstancias. En diferente momento, pero con la misma intensidad, le sucedió un lapso folklórico, donde se despacharon con “Las Flores” y “Ojalá que Llueva Café en el Campo”, ambos acompañados con el ya legendario Alejandro Floresen violín y voz. Con “El Aparato” y “Esa Noche”, reeditaron dos gemas de su discazo Re; a éstas dos se le acopló la “bossalera” y preciosa “María”. El enésimo clásico en sonar, en ésta ocasión ajeno, fue el de “Cómo te Extraño” de Leo Dan. Canción que cantaron a viva voz hasta los de Seguridad y Prevención del recinto sin ningún tipo de pudor.
Suena lógico, ¿no? La cosecha de hits nunca se acaba, más teniendo en cuenta que los Cafeta han obrado en el nombre del Pop y el Rock durante veinte años.
Se sucede un intervalo considerable. Lo suficiente como para reponer energías y aclarar la garganta. Dentro de una estructura inflable, transparente y con elásticos entrelazados por dentro (?), Rubén entona la lenitiva “Encantamiento Inútil”, perteneciente al disco Cuatro Caminos. El momento edulcorado de la noche llega de la mano de Meme, con la románticamente indestructible “Eres”. El reloj indica que el show ya lleva transcurridas unas 2hs y ½, pero que todavía les queda por ofrendar un poquito más de calor en la intempestiva noche de sábado.
La consonante y ultra mejicana “Chilanga Banda” empieza a marcar territorio, y al instante todos los cuerpos se agitaron con unos de sus primeros éxitos; “Ingrata”. Las cartas ya estaban echadas, pero aguarden, todavía les quedan un par de ases bajo la manga: “Chica Banda” mezclada con “El Ciclón” y la alegría ya es inconmensurable.
20 años, 20 ciudades. Esa fue la consigna de la gira que los trajo nuevamente a nuestro país. Gran parte de esos veinte fuimos unos privilegiados al tenerlos siempre muy cerca. Una alianza que ni la Gripe Porcina ni el racismo sanitario de algunos países podrá detener. “La música tiene ése poder”, sentenció su frontman. Y así permanecerá, por siempre y para siempre.

