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Cat Power
Lejos de aquella errante presentación que la trajo en los albores de ésta década, Cat Power devolvió nuevamente todo su sex appeal y capturó, esta vez sí, a un público que ansiaba volver a verla, quizás por primera vez.
“House of the Rising Sun” pudo haber sido casualidad, o ciertamente toda una metáfora. Chan Marshall eligió ésta agraciada melodía para dar inicio a su show. En ella se puede acreditar parte de su crecimiento personal, como así también en lo artístico. Una artista que supo reinventarse, gracias a sus últimas producciones que, en su mayoría llevan los créditos de apellidos célebres y ajenos. Ella emergió nuevamente, y encandiló a varios con su brillo propio.
“Sea of Love” nunca sonó tan elocuente. La inflexión vocal de Marshall es cálida y cavernosa; con ése mismo tono podría versionar clásicos de Sepultura y Pantera y aún así seguiría embobando a la audiencia. Una crooner femenina. Si no las hay, pues ella sería la abanderada, como sus pares Bob Dylan y Leonard Cohen (aunque éstos dos quizá no entren en los parámetros de crooner, bien vale la comparación).
Chan se traslada por el escenario como si estuviera caminando por sobre un lago congelado, con movimientos gráciles y peculiares, a veces hasta dándole la espalda a su público. La ilustre “New York” reaviva los ánimos, y “Fortunate Son” de Creedence entrega una altisonante performance a nivel instrumental, sostenido por el inclasificable Jim White en batería y los notables climas que elaboró el ¿ex? guitarrista de la Blues Explosion, Judah Bauer. La Dirty Delta Blues Band es un acierto de Cat Power. Un grupo sólido que responde a la hegemonía de un set mid-tempo con holgura y en armonía plena. Los antes mencionados, más Gregg Foreman en teclados y Erik Paparazzi en bajo, son una suerte de mini E Street Band, el grupo que acompaña a Bruce Springsteen en sus presentaciones, pero más afectos a lugares reducidos y no tanto a los estadios; son funcionales al lugar en donde se desempeñen. Por caso, el escenario del Gran Rex pareció quedarles algo grande, pero ellos consiguieron llenar con creces el espacio que los rodeaba con valiosos arreglos.Algunas de confección propia como “The Greatest” y “Lived in Bars” arrojan saldos positivos y se apartan un poco de las versiones ajenas, aunque las mismas también suenen disímiles a las originales (otro punto a favor de Chan).
Con los bises ya casi acariciando la medianoche, Cat Power aprovecha para tributar a su venerado Dylan con la absorbente “Song to Bobby”. “Ramblin Woman” se cierra y le da salida a la cautivante y sobrecogedora versión de “Angelitos Negros”, entonada en un castellano ilegible, pero no por eso menos emotivo.
Una suelta de flores, un largo y sentido adiós. Un ronroneo que de distante tuvo poco y nada, por contrario: tuvo el cálido acercamiento del felino más fiel y único en su especie. Cat Power es la excepción.

