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Dinosaur Jr en el Teatro Flores

Catalogada como fecha histórica, Dinosaur Jr. justificó esas largas décadas de espera para un puñado de miles que deliró con los extraordinarios solos de J. Mascis y compañía. Oídos, van a llorar.

Dinosaur Jr en el Teatro Flores

Cuenta la leyenda que durante las décadas del 80 y el 90, el sobrecalentamiento mundial de las guitarras tuvo su pico máximo. Cuando el término Grunge aún empezaba a gatear y los años 80s se estacionaban en la mitad, una caterva de forájidos se empecinaron en que las guitarras iban a conquistar el mundo. Desde Norteamérica, Pixies, Sonic Youth, Dinosaur Jr. y un tal Kurt Cobain que se acoplaba con su banda Nirvana, decidían hacer las cosas a su manera, ser un reflejo de la denominada Generation X, henchida de distorsión y construyendo paredes enormes de reverberancia. Se sabe, todos ellos  trascendieron, pero pocos hoy día se pueden jactar de ser unos sobrevivientes de aquella época. Parece hasta donoso que de los pocos longevos hoy en actividad sean los Dinosaur Jr.

J. Mascis reanudó al grupo original en el 2005, y desde ese entonces no solo se mostraron impecables, sino que también exhibieron destellos de genialidad (la trilogía que cierra con I Bet on the Sky, editado este año, es una muestra cabal de ello). Con eso y con todo, el 2012 los depositó en nuestro país. Una fecha histórica que desnudó todo lo que se sospechaba de ellos: los dinosaurios jamás se extinguieron.

El comienzo con “Thumb” pone en alerta a los oídos y activa la alarma del mosh inmediato. El flamante “Watch the Corners” se convierte en un hit instantáneo y no desentona en lo absoluto con sus pares. Cada vez que Mascis aprieta sus pedales, el público se elevaba unos centímetros más del piso. Esa Jazzmaster ajada hace carne los solos más encendidos de una generación. La cabellera grisácea acompaña los escasos movimientos que ensaya en sus solos, custodiados celosamente por una pared de Marshalls que amplifican atronadoramente todo el recinto del Teatro Flores. Del otro lado, la antítesis lapidaria: Lou Barlow sacudiendo su enrulada cabellera a más no poder y aporreando su bajo Rickenbacker como en sus primeros días. La interacción entre ellos es nula. La parquedad de Mascis no desautoriza el carisma de Barlow, que tiene más llegada hacia el público al cual agradece tímidamente por haberse acercado hasta allí, a sabiendas que ellos vinieron desde muy lejos (y muchos años más tarde, claro está).

El nexo entre ellos lo complementa Murph. Veterano apaleador de parches y miembro vital del tridente desde sus inicios, el calvo sostuvo duramente su labor durante los noventa minutos que duró el show. “Feel the Pain”, “Little Fury Things” y más luego “Freak Scene”, certificarían con honores a sendos himnos homéricos, que treinta años después tienen la virtud de seguir atizando con elegancia los oídos de varias generaciones.

El deforme cover de “Just Like Heaven” de The Cure los reintegró al escenario y “Sludgefeast” simplemente logró que a más de un treintañero (o mayor aún) se le escape un lagrimón rememorando el por qué la identidad de una banda puede trascender una época, un sonido o cualquier moda pasajera que se tope en el camino. Los dinosaurios siguen entre nosotros y pisando fuerte.

PICS BY: Sofía Bellatrax - Gentileza Rock City.

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