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El Robot Bajo el Agua en Samsung Studio
Subidos al sistema del robot.
Como un playlist diseñado para contestarse a sí mismo, el show del Robot fue un viaje sin retorno a la retórica robótica. Un mantra de diferentes acordes. Un velo de misterio. Prolijos sonidos, hermosas canciones, reflexiones intensas, cantos desde lo profundo del ser y una herramienta usada para sacarle música a la guitarra. Baterías grabadas y baterías tracción a sangre. Teclados vintage y no tanto. Ponchos y niños, especialmente niños sobre el escenario, en la sala, en el parque, subido al robot, subidos a los hombros de un robot que no descansa, que no pone pausa, que casi no habla, o habla sin parar.
Pisando las veintiún horas del día domingo, El Robot Bajo el Agua subía al escenario del Samsung Studio, mientras la gente estaba calma, serena, luego de un hermoso show de Coiffeur, quien tocara acompañado de Juan Stewart en teclados.
Los Robots que salieron al escenario en esta oportunidad fueron: Javier Diz en teclados y batería, Norman MacLoughlin en guitarra electrica, Nicolas Kramer en voz y guitarra acústica, Sebastian Kramer en coros y guitarra electrica y Polorazio Branca en bajo y coros también. El circulo de confianza, de amigos, de Jaime, del robot, de Jackson Souveniers, de hermanos en la ruta.
El comienzo con “La Moto”, del último disco “A dolores que percibió la grandeza” (Estamos Felices, 2010), fue el inicio de un viaje punk, de un viaje del cual nadie volvería siendo el mismo. Un sonido tan correcto que permitía escuchar cada detalle, cada intervención, cada detalle, cada emisión y misterio de cada instrumento. Sebastián siempre filoso, viajero, extremo en sus guitarras. Diz, con el timing justo, llevando el pulso, llevandolo todo en una alfombra voladora. Lucarda justo, a ritmo, Norman, fluido. Nicolás, susurrando, hablando, cantando lejos del mic, prendiendose fuego en el lugar, para decir, lo que el robot una noche le dijo al oído.
Y sí, tocaron “Marta y Néstor”, “Asistencia”, la nueva bomba “Popó”,“Somos Todos”, “Estela”, “Acomodador”, “Decime”, “Soledad”, “Mujer”, “De Frente”, la magnífica “Dale que va” y así, un set elevadísimo, discursivo, permanente. Durante una hora la maquinita no se detuvo, hasta que hizo pausa. Final, hasta la vuelta.
Tres minutos y al escenario para otra pequeña ver-tiente de amor. Mientras el ATP se materializaba con varios niños bailando y subiendo al escenario, como un pogo de la revolución de hoy, de la fraternidad, de lo simple de un puñado de canciones del corazón, ellos hacían “Sr. Ingeniero” y la ola era grande, más grande cada vez. Y la última vuelta de rosca con “El Sistema”, para que no haya dudas de nada. Hasta la próxima reunión del grupo, donde la confusión será el comienzo de algo y la asistencia perfecta la ley motora.