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Flaming Lips, ilumina el Quilmes
La banda estadounidense comandada por el vocalista Wayne Coyne ofreció un concierto notable en lo que fue la velada de apertura del festival.
En lo que fue la apertura de una nueva edición del Quilmes Rock la banda norteamericana montó en el club GEBA un espectáculo de alto contenido audiovisual, lo que proporcionó el marco indicado para un evento de elevadas connotaciones psicodélicas. La propuesta de los Flaming Lips aborda de manera sofisticada el modo de proponer un simple concierto de rock: no todo es pogo y volumen en la vida del rockero, esa es la apuesta de la banda.
La enorme pantalla que ostenta el escenario de golpe se llena de luces fluorescentes y allí puede identificarse una silueta femenina. Ella baila con movimientos sensuales fundida en un collage psicodélico de luces multicolores. La bailarina abre sus piernas al público y exhibe su sexo, que ahora adopta la apariencia de un oráculo luminoso incandescente: de allí salen los
Flaming Lips. Es el comienzo del show y promete.
El propio Wayne Coyne aparece dentro de una enorme burbuja de latex, rebotando entre los brazos del público que celebra con fervor, el hecho de revolearlo por el aire como si fuera una pompa de jabón indestructible. La burbuja da una vuelta por todo el estadio y retorna en manos de sus fieles al escenario.
Allí esperan Michael Ivins, Steven Drozd, Kliph Scurlok y Derek Brown conformando una muralla de sonido aplastadora que sacude con riffs contundentes y una performance que alterna entre momentos de puro noise instrumental al estilo Sonic Youth, por momentos atravesados por pasajes con una lírica muy floydeana o tintes de un pop electrónico a lo Primal Scream, pero con una interesante elaboración en cuanto a lo conceptual del espectáculo, que a esa altura se acercaba mas bien a una kermés circense.
Trenes atravesaban el escenario, pirotecnia, papeles picados, guirnaldas, espirales de colores, máquinas de humo, efectos de luces especiales, flashes, lásers, bolas de cristal enormes, manos gigantes, cámaras insólitas, además de globos enormes rebotando entre la audiencia contribuyeron a la propuesta lúdica de los Flaming Lips. No faltaron los bailarines exóticos: altos, enanos, hombres barbudos y mujeres hermosas, un oso con vida propia que supo servir de pedestal al propio vocalista y líder de la banda y todo al ritmo de un video clip contagiado de cierta psicodelia surrealista.
Factores sobraron, la audiencia no pudo distraerse del foco de atención que fué el hipnótico escenario, en donde los muchachos se explayaron con lo mejor de su repertorio para destacar fueron “The yeah yeah yeah song”, “See the leaves”, “She don´t use Jelly” o la significativa “Wath is the Light” en un concierto realmente luminoso para un festival que venía necesitando un poco de luz.