Jon Spencer Blues Explosion
The Jon Spencer Blues Explosion volvió a nuestro país tras diez años desde su presentación en el ya extinto antro de Cemento. Lo que no sí extinguió es la bestialidad del trío, que demostró que veinte años (aún) son poca cosa. Invencibles.
¿Cuánto Rock son cien minutos? ¿Cuánto valen cien minutos de Rock? Las tinieblas de la incertidumbre se disipan cuando sobre el escenario se obtiene nada más que la Verdad. La veracidad propiamente dicha la poseen tres tipos oriundos de la Gran Manzana. El destino quiso que, por cuestiones de espacio en una mugrosa sala de ensayo, prescindieran de un bajista que les proporcione gravedad al asunto. Pues esos mismos tipos, veinte años después de su fundación y diez desde su última visita a nuestro país, están ahora simplificados y bien al frente del escenario de Niceto. The Jon Spencer Blues Explosion, fue, es y será la respuesta más simple y concreta del Rocanrol. Sus siete años de mutismo parecen no pasarle factura alguna. Distinta es ahora la promesa. Ya no hay discos que presentar ni mucho menos alguno en ciernes. Pues entonces, ¿qué justificación tienen estos tres señores? No hay necesidad de justificar nada. Están de vuelta para revalidar las perdidas raíces del blues, del punk y del rock ‘n’ roll más salvaje, áspero y sexual que se pueda juzgar sobre cualquier escenario de acá, de allá y de cualquier parte del mundo. Todo gracias a Jon Spencer. Por el amor de Satán, Jon Spencer… Ese Vampiro del Blues. El sujeto que nunca claudicó al rocanrol. Desde sus primeros y corrosivos Pussy Galore, pasando por Boss Hog, proyecto que embarcó junto a su bella mujer, Cristina Martínez, hasta su actual Heavy Trash (banda que nos visitó hace un par de años, también en Niceto), y de vuelta a su Blues Explosion, con sus socios en crímenes de riffs y precisión mortífera: Judah Bauer y Russell Simins, respectivamente.
Alineados paralelamente y con la batería casi al filo del escenario, el trío les prende fuego a los oídos que ya antes habían disfrutado del power-soul-garage de los DTs (¿quién dijo que no hay buenas cantantes en el rock?). Se cobran más víctimas cuando embisten con “2 Kinds a Love”, “Flavor”, “Attack” y “Afro”. Spencer eterniza su speech símil predicador con pulso ala James Brown y Johnny Cash, mientras que Bauer se muestra como un Guitar Hero más circunspecto que alterna entre dos Telecasters, cuando Simins, muy por el contrario, atiza sus tres y escuetos cuerpos con la ferocidad de un yeti poseso. “Chicken Dog” y “Bellbottoms” desatan el baile frenético, al mismo tiempo que “Magical Colors” y “Can’t Stop” le imprimen una pátina melosa y sensual a la fiesta. No hay resquicio entre tema y tema. Los riffs y la reverberante voz de Jon crujen sin dar tregua. Para el momento en que el aliento es recobrado, reanudan su faena concluyente con “Wail”, “She Said”, “High Gear” y “78 Style”. Entonces es cuando los cien minutos de Rock se asimilan y valen cada segundo. Porque las lecciones se aprenden yendo al colegio, y no a través de un curso acelerado por Internet. La Escuela del Rock volvió a dar cátedra. Y los estudiantes se retiraron con una valiosísima enseñanza. Muy Bien 10 Felicitado.
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