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Lily Allen
La chica rebelde del pop británico llegó nuevamente a nuestro país y trajo consigo un puñado de buenas canciones. Lily Allen presentó todo su atractivo y agradó a todos por igual. ¡Lloren, chicos, lloren!
Como si las segundas partes acaso no siempre fueran buenas. Claro está que ha corrido demasiada agua bajo el puente de la revoltosa y mediática vida de Lily Allen. De aquellos primeros shows en antros británicos, en donde apenas ponía sostenerse en pie y/o modular tan siquiera una estrofa entera debido a sus monumentales ingesta etílicas y de cualquier otra sustancia de índole similar, a la consagración masiva y popular. Y es que ya han pasado dos años desde aquella primera presentación, cuando la británica pisó el mismo escenario que hoy luce diáfano, simple y austero. Un telón negro ocupa el fondo del escenario. Sobre él se leen unas concisas y sintéticas cuatro letras en molde: Lily. Simplemente Lily. Una performer que apenas tiene dos discos editados y poco ruedo en el ámbito musical, pero que parece ser la madurez y cierta cordura le han llegado en buena hora.
“Miren, me pinté los ojos con los colores de la bandera Argentina”, señala Ms. Allen por si no lo habían notado. Puede que el detalle se le haya escapado a más de uno, dado que en el disperso campo del Luna Park lo único que se podría apreciar eran rostros abundantes de alegría, nerviosismo y enamoramientos instantáneos y furibundos.
Mientras “Everyone’s At It” se hace eco en el recinto porteño, Lily Allen ronda el escenario en tacos altos, malla negra con aires de vodevil y con el pelo recogido milimétricamente. Una imagen por demás cautivante y que está a la altura de la propuesta. Ella es un primor y colma el estadio con todo su carisma y su risita picarona. Bromea con los carteles ocurrentes y le fascina la idea de los cocacoleros ambulantes, que en ésta ocasión se esparcen con total comodidad por entre la gente. Entre los concurrentes, la franja etárea es confusa. Los treintañeros se mezclan con los niños y padres gambas. Pero eso no quita que todos juntos canten “Everything Just Wonderful” o “22”. Con el correr del tiempo, Lily empieza a ser más Lily que nunca: se saca el cinto -que decía ella sofocarle- con un exhalación de satisfacción más que elocuente. Le pide a su asistente que le extienda las zapatillas hasta el borde del escenario. La formalidad va quedando cada vez más atrás, pero el entusiasmo va en franco ascenso. Con un cigarrillo en la mano (al menos encendió unos cuatro en todo el show), y su vaso de torrontés que ella bebía en pajita, ejecutó con destreza una notable versión de “Smile”, donde la paseó por el drum ‘n’ bass y la culminó en un colorido reggae. Seguido de eso, “The Fear” y la conformación de que Allen posee en su haber más buenas canciones de lo que se presume. Ya en los bises, emprendió la recta final con el vigorizado cover de Britney Spears, “Womanizer”. Los dedos mayores de todos en el aire para canturrear “Fuck You” en plan protestón e ingenuo, ahora se funden en palmas para recibir a “Not Fair”. “Aquí en Bs. As. Hay buenos bifes, así que supongo debe haber buenos cowboys, ¿no? OK, para todos aquellos que les gusta el country acá les va esta”. La pseudo melodía country vira hacia un pop rock, con un acento más puesto en la pista de baile que un rodeo de Kentucky.
De vestidito primaveral y zapatillas, Lily Allen terminó su faena como siempre lo supo hacer: siendo ella. Auténtica y espontánea.



