Mötley Crüe
Nuevamente en nuestro país, el desenfreno de décadas pasadas se hizo carne en el Malvinas Argentinas. Mötley Crüe desplegó todo su arsenal de himnos del glam metal y le puso color a un escenario que rogaba por sacudir sus propios cimientos.
Hay como una fascinación por lo macabro. Un morbo soporífero que trasciende a la leyenda, al mito, a la realidad y a los avatares de su propia fábula. Una de las agrupaciones que tomaron el axioma “Sexo, Drogas y Rock and Roll” como estilo de vida y que los tuvo caminando por la cornisa en más de una ocasión. Durante treinta años, con todas sus idas y venidas, Mötley Crüe mantuvo activa esa receta, con muchos rebusques individuales y momentos escabrosos, patéticos, bizarros y hasta explícitos. Cada uno de sus integrantes carga una mochila pesada sobre sus espaldas, llenas de anécdotas y acontecimientos que quedarán marcados a fuego en el Panteón de los Grandes Animadores del Rocanrol. “It’s the same old situation”, cantan y parecen estar diciéndonos al mismo tiempo cuál es la cruenta realidad. La única realidad es la verdad, y la verdad es que por más que se insista en los cuantísimos traspiés y sus resultados, los Mötley Crüe hoy día siguen pateando culos.
Aún queda intacto el recuerdo de aquél aguado y primer show en la ciudad de Buenos Aires. La arenga y el éxtasis outdoors de entonces ahora se manifiesta en el Malvinas Argentinas, bajo techo y con un sonido más que aceptable. Una hora después de lo reglamentado y bajo una espesa (y excesiva) capa de humo que cubría la totalidad del lujurioso drum set de Tommy Lee, resonó por los parlantes la oda genital de AC/DC; “Big Balls”. Y si se habla de tipos que las tienen bien puestas, en el escenario ahora hay un póker de nenes que saben cómo entretener a la multitud (aunque en ésta ocasión, no hubo multitud tal, sino más bien una comunión entre fans, curiosos y los garroneros de siempre), y llevarla hacia el desenfreno lejos de todo pudor o retraimiento. “Wild Side” procura mantener encendido aquél primer chispazo de fines de los ’80 que luego se propagó como un incendio forestal. Vince Neil, o la versión glam de Caruso Lombardi, tiene el pitch ajustado y bien calibrado. Sus agudos, lógicamente, ya no son lo que eran antes, pero su performance sigue estando a la altura del campeonato. Nikki Sixx es el que mantiene en alza el estandarte de un consabido rockstar, mientras que Tommy Lee acierta con precisión cada golpe que da y hasta se permite un mini stand up en medio del show, convidando a los asistentes VIP con un poco del afamado licor alemán (hey, ¡que la huella del reviente no se borre!), y Mick Mars… el pobre y magullado Micky sostiene su labor con eficacia pero sin destellos (cuando tuvo su momento a solas, en vez de impartir técnica y virtuosismo, sólo aportó confusión e incomodidad al asunto). Son imágenes paganas, postales de las mismas entrañas del glam metal más alocado que poseen en su banda de sonido reliquias tales como “Shout Out the Devil”, “Dr. Feelgood”, “Home Sweet Home”, “Same Ol’ Situation”, su clásico cover de “Smoking in the Boys Room” y un corolario pujante con el tándem “Girls Girls Girls” y “Kick Start My Heart”.
Puede que resulte la misma situación de siempre. Puede también que a los propios Mötley Crüe la fórmula se les haya tornado algo reiterativa. Mientras el apetito y las canciones sigan estando allí, seguirá habiendo Mötley Crüe para rato.
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