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No Age + Matt & Kim
Noche de dúos en La Trastienda. Por una lado, los neoyorkinos y encantadores de Matt & Kim. Por el otro, pues todo lo contario: ruido y aspereza desde la costa de Los Angeles, los No Age.
Parte de una nueva tendencia, un movimiento. Parece ser que nuevos dúos germinan día a día, y muchos de ellos con un patrón en común: prescinden del instrumento de cuatro cuerdas; el bajo. Así, los White Stripes, Black Keys, Two Gallants, The Kills y los Mates of State (entre otros) han decidido, por cuestiones artísticas, de sonido o espacio, arreglárselas con la básico y elemental, como en los vetustos años de blues y folk. Un acercamiento más primitivo, visceral y espontáneo, donde la economía de recursos y lo pirotécnico pueden convivir en plena armonía. Dos exponentes de dicho dogma se acopiaron en La Trastienda el domingo pasado y le sacaron partido a ése viejo axioma que rezaba “menos es más” (o “somos mucho más que dos”, conjeturen).
Un reducido e iracundo séquito de entusiastas del hoy tan en boga indie se apelotona tímidamente delante del escenario. No serán muchos, pero que sea domingo y la fiaca invernal tire para atrás no los amedrenta en demasía. Los más fieles y constantes le rindieron pleitesía a una dislocada pareja. Ellos eran Matt & Kim. Matt, hombre se semblante simpaticón si los hay, directamente canta entre risas, restándole importancia a que si se olvida la letra o improvisa de momento entre Rolands y teclados vintage. Ella, Kim, parece tener la sonrisa tatuada, perenne. Sus brazos tienen la firmeza de un estibador de puerto (con tatuajes incluídos), y de seguro haría quedar a Meg White como una mojigata aprendiz. Juntos personifican el goce y el deleite del pop más endémico: canciones inmediatas, pegadizas y efectivas. Que Kim se pare cada dos por tres en su batería, que Matt haga subir al escenario al público y que sucedan actos similares a éstos, no hacen más que confirmar el montaje de una autorizada kermés del indie. El show de Matt & Kim finalizó con ellos saludando a su gente y arrojándose entre ellos, sacudiéndose y contorneándose, mientras una bonita página musical (Girl Talk, para mayor precisión), inauguraba una improvisada pista de baile. Qué par de pájaros los dos...
Antes de empezar a desmenuzar el show de No Age, habría que hacer unos saludos pertinentes. El saludo y el agradecimiento se hace extensivo a: The Jesus and Mary Chain, Sonic Youth, My Bloody Valentine, Sebadoh, The Velvet Underground, Black Flag y un largo e interminable etcétera.
Sin un dejo de nostalgia por la cada vez más recurrente década del ’90, los No Age le meten el dedo en el trasero a todos los géneros indie habidos y por haber y se regodea con ello. “¿Cómo puede ser que sólo dos personas hagan tanto ruido?”, se escuchó por ahí. Y es que precisamente de eso se trata: oír todo lo antes mencionado, estudiarlo, procesarlo y escupirlo -si tomamos esto como un guiño punk-, como un producto original e incandescente. Porque esto es aquí y ahora, y no acepta revisionismos ni mucho menos añoranza. Energía, exaltación, minimalismo, muros de sonido y reverberaciones varias. Todo ello condensado y ejecutado por dos jóvenes californianos: Dean Spunt (batería y voz) y Randy Randall (guitarra y domador de pedales). Alternando entre canciones sus dos discos (Weirdo Ripper y Nouns), sonaron entre otras “Teen Creeps”, “Every Artist Needs a Tragedy”, “Ripped Knees”, “Eraser” y otras de estreno exclusivo. No Age clausuró la jornada y sentenció un nuevo orden: nos pertenece nada y todo. Bienvenidos a la No Era.

