Pepsi Music Dia1
El Día 1 del Pepsi Music tuvo como número principal a los tecno punks de Prodigy. Ante poco más de diez mil personas, los ingleses mantuvieron su arenga raver para seguir enfermando a nuevos advenedizos. Antes de ello, Los Natas y Loquillo.

“Un tornado arrasó a mi ciudad, y a mi jardín primitivo”. La primera jornada del Pepsi Music arrojó a buen seguro algunas certezas y otras que pronto serán realidad. El tornado, que se esperaba con mala cara, no arrasó con la ciudad, pero sí hizo lo propio en el Club Ciudad. Ese jardín primitivo, venido ahora en jardín frenético, devuelve hoy su versión más ecléctica y salvaje. Aquellos raros peinados viejos hoy vuelven a mezclarse entre la multitud, y ya no causan tanto pasmo como antes... La descarga inicial, precisamente, no provino desde el cielo, sino más bien desde un trío que hace del power un paisaje natural y tormentoso. Los Natas brindaron un show corto pero categórico, en donde hicieron ostensible que los grandes escenarios parecen estar cada vez más cerca de su propuesta. Volátiles. En el escenario de enfrente, el Pepsi, la figura arrogante y grácil de Loquillo empieza a desfilar por todo el espacio. Punk rock, pop y algo de rockabilly condensados en treinta años de intensa carrera. Loquillo se calzó el traje de Morrisey y recreó a los que se habían aproximado hasta allí hasta dar cuenta de éste cantautor ibérico de buen talante. Un caballero gamberro.

Una experiencia psicotrópica, un shock eléctrico a los sentidos. El sentir crepitar de cada fibra muscular se manifiesta luego de “Words on Fire”, cuando las primeras notas de “Breathe” genera el uuuhhhh general del público. Prodigy es una máquina con tracción a sangre. Ese hooligan raver que es Keith Flint ya no intimida como otrora, pero de seguro sabe cómo mantener la tensión y la arenga empuñando su micrófono fluorescente. Maxim Reality suele ser más imperante, por momentos rayano a lo dictatorial, escupe alaridos y vociferaciones que le haría poner los pelos de punta a Doña Rosa. La puesta es casi nula, pero el efecto es claro y directo: se baila y se poguea como si el punk y la electrónica fuesen uno solo. La escasa concurrencia entiende de se qué trata todo aquello. Saben que detrás de todo ese maquillaje hay gente dejándolo todo en el escenario. Por más que Liam Howlett, cerebro, creador y compositor del grupo, no salga de su corralito hi-tech, él no parará un instante de sacudirse mientras se disparan “Invaders Must Die”, “Omen” o “Take to the Hospital”, todos ellos realzados con un guitarrista y un baterista que supieron estar a la altura de las circunstancias.

Cuando la danza macabra va alcanzado su cenit, el lunático Flint queda cara a cara con la gente para soltarle la siempre bombástica “Firestarter”. El beat trepidante enciende las multitudes y le da paso para que Maxim siga impartiendo órdenes (“¡brazos arriba, palmas, ¿están conmigo?, quiero verlos mover!”), como en “Voodoo People”, “Warriors Dance” y más que nunca en “Smack My Bitch Up”. Para el final, quedarían todavía por desempolvar un par de perlitas virulentas de antaño: “Spitfire” y “Out of Space”. La fiesta ya estaba desata, y ni noticias de la tormenta...

El cierre con “Their Law” clausuraba lo que fue hasta el momento la mejor presentación de Prodigy en nuestro país. Para los jóvenes que no estuvieron la primera vez en Parque Sarmiento, para los que fueron a Creamfields y se los perdieron entre tanto bombo en negra y carpas con dj’s innombrables. Prodigy podrá ser sólo techno-punk. Pero nos encanta.