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La saga Crepúsculo: Eclipse
Aún la historia más sencilla en apariencia esconde subtramas y situaciones que quizás pueden ir un poco más allá de lo obvio.
La saga de Crepúsculo y más puntualmente esta entrega, es el ejemplo perfecto de ello. Si se enfatiza en el modo de representar la sexualidad es fácil y evidente concluir que el vampirismo ha sido un modo de hacer fantasear al público con ello desde que el cine es cine y desde que se contó la primera historia de Dracula. No obstante, esto no implica que esta segunda lectura de la película la convierta en un producto interesante ni nada que se le parezca ya que pese a permitirse sugerir algo más allá de lo obvio, el mayor pecado de la historia es precisamente que dicho subtexto resulte conservador y la vez reaccionario pero por sobre todas las cosas infinitamente aburrido.
El dilema romántico que se desarrolla es en realidad el mismo que en la anterior entrega: Edward está enamorada de Bella, Jacob está enamorada de Bella, y Bella pese al amor que siente por el vampiro aún no sabe si también siente algo de eso mismo por Jacob. Pese a que puede sonar a una trama muy Shakesperiana, en realidad no lo es. Es un tonto drama adolescente en donde lo que de verdad se está tratando es el precio de la virginidad de Bella que logra que hasta Edward titubee como un púber (pese a tener más de 100 años) frente a dicha situación.
Toda situación dentro de la película se vuelve casi surrealista con diálogos por demás forzados y simples al punto de sacar los colores de la vergüenza en el rostro de cualquier espectador que supere los 15 años de edad. Toda la historia se desenvuelve alrededor de esta jovencita carente del privilegio de mostrar cualquier posible gesticulación facial, que al parecer quiere ser mordida, comida y asesinada por numerables personajes (a los que seguramente les resulte muy fácil llevar a cabo su papel).
A esta altura de más está decir que cualquier apreciación positiva de la película debe ser dejada a los quinceañeros cuyas hormonas disparadas nublan su capacidad de juicio. Lo cual también lleva a la justificación del único pretexto para realizar semejante aberración audiovisual que no es más que hacer caja al precio que sea, algo que tanto Chris Weitz (director de la anterior entrega) como David Slade han entendido a la perfección, y lo que aún es peor es que un realizador de prestigio como Bill Condon (ganador del Oscar por mejor guión original en su “Dioses y Monstruos”) haya caído bajo ese mismo precio.

