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Barro
¿Dónde está el que juzga al hijo pródigo? ¿Al final del camino hay un lugar común al que llamamos casa? ¿Quién de los tres es el hijo? ¿Los hijos de quién?
Dos hermanos particulares, con los típicos códigos fraternales donde las leyes son propias de la relación, se encuentran con un tercero que viene a buscar o a descubrir qué es lo que ha quedado de la familia.
Como aquel juego de niños “el que se fue a Sevilla perdió su silla”, el recién llegado no solo perdió su lugar sino que las reglas han cambiado definitivamente.
Los celos, el dolor acumulado hacia quien decidió apartarse del núcleo y vivir su propia vida son la excusa y el reclamo para arrojar al hijo pródigo a los pies del arrepentimiento, solo que en este caso la misericordia del padre no resulta ya que el hijo llega tarde y por tanto es ajusticiado por sus herederos.
Hay varias cosas interesantes en esta obra escrita y dirigida y actuada por Damián Moroni, la primera es la calidad y la profundidad de un trabajo acerca de los vínculos que permite la creación de gestos y silencios en los cuerpos de los actores, marcando el ADN o código del grupo familiar. Al ver sus formas expresivas y no expresivas el espectador reconoce el núcleo que une a esos personajes, sin necesidad de contar quién es cada uno. Lograr esto es verdaderamente difícil y solo posible con un trabajo serio de investigación.
La puesta en escena, marcando un afuera incierto y peligroso también muestra en un sentido esta idea de ir hacia la guarida para protegerse. Por lo tanto, las entradas y las salidas de los personajes tienen un por qué y cambian el entorno. La dirección de actores, centrada en la relación de los cuerpos vinculándose tensamente, cada uno por su lado e imantados por cuerdas invisibles son el eje que une y entreteje los por qué y las preguntas sin respuesta.
El texto entonces se desarrolla por acumulación de palabras y gestos, generando una dramaturgia silenciosa y compleja que suma y suma para abrir interrogantes cuyas respuestas se develan en los cuerpos de los tres actores: Felipe Braga, Juan Manuel Correa y el propio Damián Moroni. Un párrafo aparte para la escenografía de Magda Banach, que hace teatral y sentido cada uno de los objetos y su contexto, poniendo en el centro de la escena el trofeo, eso que se gana con esfuerzo, con sangre y lágrimas, el objetivo.
La música en vivo de Miranda Nardelli es el pulmón de este monstruito, generando climas y contradicciones. Un gran acierto.
Hay artistas en búsqueda sincera y arriesgada, que investigan por caminos opuestos a la lógica para entender o descubrir un teatro diferente. Abordando lenguajes propios, poniéndolos en tensión con el espectador.
Esos artistas le dan el real sentido a lo alternativo y generalmente son los que dejan huella.
“Barro” es una obra ideal para descubrir el trabajo de estos artistas en proceso creativo. Imperdible para todos los ávidos de un teatro vivo y en constante desarrollo.

