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Ejecutor 14
Cómo hablar de la guerra sin caer en la obviedad
El director Martín de Goicoechea se pregunta cómo abordar una obra de teatro que hable sobre la guerra sin caer en la obviedad, cómo evitar una representación gráfica de ese conflicto y traducir un hecho trágico en una experiencia imprevisible, preguntas para las que por momentos parece no tener respuesta.
Trabajado como una explosión de imágenes escénicas, el público asiste a un despliegue algo abarrotado de situaciones que dispersan la atención y torna la obra en algo por momentos inacabado.
La historia se basa en un texto escrito por el egipcio Adel Hakim, fundador del Théatre de la Balance en 1984 y puestista de numerosas obras de autores clásicos y contemporáneos. Vivió en el Líbano antes de que la guerra estallara allí y escribió Ejecutor 14 para tratar de entender la lucha armada y sus consecuencias.
En el inicio, un presentador hablando en francés y una traductora advertirán al público que es necesario leer el programa de mano, para entender lo que verán después, mientras en una pantalla de video se ven imágenes bélicas, incluyendo la acción de un cerdo comiendo partes de un cuerpo humano.
En el escenario, que supone la casa del protagonista, un elenco de 16 actores despliega físicamente esta historia que en principio es tratada como el recorrido mental de un individuo común, casi sin atributos, a quien una serie de acontecimientos revelará como un fanático con capacidad de odio, fuerzas que seguramente estaban latentes en él. Un hombre que intenta recordar un momento feliz de su vida, algo previo al dolor desgarrador de verse inmerso en la locura de matar o morir.
Es probable que también el director haya querido mostrar cómo es posible que lo que sucede a miles de kilómetros de distancia (la muerte, la destrucción, algo que les toca a otros), no nos transforma. Se puede ver por TV o leer en un matutino mientras se come o se baila, y continúa la vida como si nada, como si aquellos no fueran seres reales de carne y hueso o por pertenecer a otras etnias no afecten. Un recurso “humano” que en algunos pasajes de la obra queda expuesto.
Las imágenes son bellas y poéticas, pero al mismo tiempo llenas de simbolismos a veces inabordables para el espectador. Prueba de ello es el silencio final y la duda que le surge al mismo en cuanto a si la obra terminó o no, si debe aplaudir o esperar que algo más suceda.
También aparecen imágenes no siempre bien resueltas en las obvias acciones del torturador, del abusador, de quien circunstancialmente detenta el poder y actúa despiadadamente en consecuencia.
Las actuaciones son en general correctas, sin sobresaltos. La iluminación de Ricardo Sica aporta positivamente a la puesta, y el vestuario (Cecilia Zuvialde) y la escenografía (Ariel Vaccaro) son funcionales al desarrollo de la obra. En definitiva, una obra que se puede ver, siempre que se esté dispuesto a develar aquello que la propia puesta no logra conciliar.

