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El Último Fuego
Estallando en la tragedia Desde una dramaturgia residual, partiendo desde un hecho desgarrador, Ana Alvarado plantea una puesta en escena que estalla en el centro del Callejón.
Allí, con este concepto de resiliencia, todo se regenera y se nutre, desde una tristeza y una melancolía cruda, que nos deja una instancia demoledora: la muerte de un niño que esta jugando con su pelota.
Todos los personajes se recontaminan de ese hecho, y se transforman en jirones de almas, de cuerpos mutilados y mentes trastornadas de miedos que nos impactan, nos transforman y nos adentran en los laberintos de la tragedia.
Plasmados en una puesta escénica que se abre con una calle que penetra como estilete, abriendo las dermis de nuestros sentidos, los espacios parecen esquirlas que han quedado luego del estallido, y los personajes están atravesados por esa energía y se presentan como una resaca de lo vivido.
El patetismo, la autodestrucción injustificada, la enfermedad, la mediocridad, la autoflagelación y la culpa salen a la luz, en este patetismo de personalidades míseras y recorridas por una ausencia intensa.
Hay una manera de contar que se conjuga en una diversidad de pretéritos que le dan una cotidianeidad que nos acerca y a su vez nos distancia, mediante el artificio del extrañamiento.
Las labores interpretativas son potentes y aceptables, hay un nivel muy positivo en algunos e imperceptibles en otros actores que hace a la obra densa en algunos pasajes.
Hay un hecho significativo, el de acercar estas nuevas dramaturgias ha nuestras escenas y llevarlas a cabo de una manera digna, enriquecer nuestro oído artístico en estas nuevas escuchas interpretativas es un desafío audaz, aventuras a las que ya nos tiene acostumbrados: Ana Alvarado.
Desde una estética propia de una innovadora la obra nos sorprende y nos adentra en una tragedia moderna voraz y deforme.
Una opción infaltable para ojos atentos

