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El perfume de la siesta
Madre hay una sola...
Esta historia se desarrolla en Mar del Sur, donde habitan los hermanos Orellana.
Martín, desocupado, recientemente despedido del Hotel Casino en el que era recepcionista; Celina, enfermera del hospital local; y Tito, dueño de la casa donde se encontrarán los hermanos-hijos de una desaparecida madre que un día, en busca de un futuro mejor, los abandona tras los pasos de un moreno brasileño que supo enamorarla.
Tan poca fortuna tuvo la abandónica mujer que su cuerpo nunca fue rescatado cuando el "Neptuno", barco de lujo en el que trabajaba contratada como cantante de rumbas, zozobró en plena travesía.
Hijos que no olvidan, que no crecen emocionalmente, que viven atados al recuerdo y la esperanza de un día volver a ver a la que les diera la vida, viven atados a fetichismos.
Martín, adorador de una santa de las orillas cuyo nombre no se descifra por completo, permanentemente al borde de ataques de nervios, hiperquinético. Celina, que nunca sabremos dónde habita ni que consecuencias tiene su accionar como enfermera, mantiene una relación incestuosa con su hermano Tito, y este último dependiente electrónico, conectado a una antena de TV, aparato siempre descompuesto, casi nunca le entregará las imágenes deseadas. Los tres están en busca de una madre que prefirió su ventura personal a cumplir con el gran mandato: dejar todo por sus hijos.
En un comedor con un abandono pronunciado, se puede ver como estos tres personajes luchan, se enfrentan, se alían, se confunden en pos de un amor que no parece tener límites; el amor a mamá.
En este lugar plagado de recuerdos, ellos bucearán en los momentos que vivieron y los que tal vez solo en su imaginación existen, precedidos por la imagen de esa mujer anhelada que cuelga de la pared.
La aparición repentina de una mujer joven, que tiene un cierto parecido físico y que canta los mismos temas de la desaparecida, detona en los tres tristes hijos los mecanismos suficientes para secuestrarla. En tono de comedia, con momentos de humor negro, con situaciones hilarantes, rozando el absurdo, la historia se desarrolla con algunas imperfecciones en la puesta, en especial al inicio cuando solo alumbrados por una linterna dos de los hermanos "espían" a la cantante recién arribada, es imposible entender los diálogos, mientras se escucha la voz de Ana Barletta cantando una de las viejas canciones.
Acciones algo desprolijas, (caídas, peleas cuerpo a cuerpo) como si lo que importara fuera el vértigo más que contar textos que merecerían mas profundidad en el decir, se mezclan con momentos muy divertidos, y otros muy emotivos como cuando sentados frente al televisor ven la imagen confusa de una mujer en la que creen reconocer a la madre y quedan en silencio, obnubilados por la emoción.
Gaby Moyano es la dramaturga, responsable de la música y directora de esta interesante puesta que debería ser ajustada para lograr, entonces, un mejor producto.
Las actuaciones de Melina Benítez, Leonel Elizondo y Julián Bloch en general son de buena factura y que llegarían a resultar más creíbles si los tiempos no se aceleraran. El final también debería ser revisado porque no favorece el trabajo total, más bien parece un cierre porque… hay que cerrar el cuento.

