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Espíritu Pequeño
Un encuentro familiar que reúne en el mismo espacio vivos y muertos. Máquina espiritista cuyos engranajes son el absurdo, el humor y la música en vivo, en una entretenida puesta del grupo “Rascacielos Orquesta Teatral”.
Un velorio a principios del 1900. Un padre que se había llevado un codiciado secreto a la tumba. Un vice-almirante (Victor Malagrino), que había financiado proyectos del finado, y su abogado (Bernardo Sabbioni), se disputan los beneficios del proyecto que se encuentra en un cofre que nadie sabe dónde ha sido escondido. Contratan a una dama (Paula Brauer) que llega con una estrafalaria máquina para comunicarse con el pequeño espíritu del muerto, y encontrar así lo que esperan. Un hijo demasiado sensible, artista, que lleva en sus entrañas la clave para abrir ese cofre.
Esta obra está escrita, dirigida y actuada (junto con otros seis actores/músicos) por Bernardo Sabbioni, Victor Malagrino y Paula Brauer, quienes han trabajado juntos en Sucesos Argentinos, y en varias obras de Marcelo Sauvignone. Así se fue conformado un grupo de trabajo que ha utilizado el código común de la improvisación para la creación, llegando luego a un texto escénico que es la versión definitiva de la obra.
Es interesante en la puesta en escena el recurso de los músicos en vivo, que generan climas y le aportan cierta magia y misterio a la historia. Por momentos se conforma un coro de voces, sonidos e instrumentos que, cual coro griego, acentúan y comentan la acción. La música en vivo, y otros recursos como la magia, el humor y el uso de títeres, hacen de éste un espectáculo de rasgos populares cruzado con elementos absurdos tomados del contexto histórico: las vanguardias de principios de siglo XX.
Las referencias al dadaísmo y al surrealismo se respiran constantemente en la obra: “Lo que dice el azar es sagrado”, dice uno de los personajes durante un juego muy Dadá; la recurrencia del tema de los sueños, personajes que no saben si están viviendo o soñando; el uso de máquinas, que nos remiten a las absurdas máquinas de Duchamp.
Los personajes tienen, también, momentos en los que cantan con un micrófono. Se rescata la canción interpretada por Maqui Figueroa. Ella interpreta con una conjunción lograda entre humor y eficacia, con una voz potente que expresa y armoniza con la música. En los otros casos, tal vez, el uso de canciones, queda en la simple humorada, y no ayuda para transmitir lo que la letra cuenta, a veces por cuestiones vocales o de afinación.
Se destacan las actuaciones de Paula Brauer, que encarna esta estrafalaria dama que tiene poderes psíquicos y máquinas para lograr entrevistarse con un muerto; Maqui Figueroa, que hace de la enfermera, sedienta de whisky, soñadora y amante del azar; Bernardo Sabbioni, el abogado del muerto, que aboga más por sus propios interese que por los de los familiares.
La estética nos sitúa en la época. La escenografía recrea un velatorio, en el que luego ingresa el cajón, de tamaño particular. Los cambios son llevados a cabo por los actores, en los cuales la araña del fondo es la única luz que queda encendida, por lo que vemos en contraluz a los actores ir de un lado al otro del escenario para el comienzo de la próxima escena, lo cual hace de las transiciones momentos visualmente interesantes.
Es una buena propuesta para divertirse sin demasiadas pretenciones, disfrutando de actuaciones precisas y atractivas y para encontrarse (para los que no los conocen) con un grupo que transmite amor al trabajo escénico y una química fluída y agradable de compartir como espectador.

