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La última cinta de Krapp de Samuel Beckett
Con la influencia de Norman Briski, Gustavo Durán dirige un unipersonal interpretado y producido por Néstor Losada (quien actuó en “con la cabeza bajo el agua” de Briski), con la asistencia de Adrián Gindín, formado bajo las enseñanzas del afamado director.
El personaje, señor Krapp, esta perdido en un universo sin tiempo ni memoria. Es un hombre insociable, que convencido de ser huraño, ha evitado toda su vida el trato con la gente. Desconoce la necesidad de compartir con el otro y no escucha más que su propia voz. Irremediablemente solo, se enorgullece de su silencio y ansía el final, la muerte.
La obra de unos cincuenta minutos, aunque bien actuada, resulta monótona y demasiado abstracta. Juega muy bien con los sonidos más sutiles y la ausencia de ellos, sin embargo el lento transcurso de la escena se sostiene fundamentalmente en la reproducción en off de las grabaciones que el protagonista realizó para sí año tras año, como un diario en cinta con siniestras exhumaciones de una historia de necedad extraordinaria.
La puesta en escena de Durán depende en gran medida de su escenografía y vestuario. La primera sugiere el reconocible estilo de Ariel Vaccaro, una tarima cúbica, minimalista, que concentra toda la atención de la escena bajo un único haz de luz. Más tarde Krapp descubre al público parte del escenario sumido en tinieblas, una despensa y una cocina donde bebe empedernidamente, escondido del espectador. En lo relativo al vestuario, es desalineado y habla de un hombre abandonado negligente consigo mismo.
Losada hace un sostenido uso del silencio que convive con la soledad. Se pasea como un animal enjaulado y retoma su sitio en el escritorio donde escrutinia celosamente un juego de llaves con las que obsesivamente mantiene cerradas puertas y cajones.
El texto de Samuel Beckett (Nóbel de Literatura 1969) versa respecto de la nueva tragedia existencial contemporánea. Para los clásicos, tragedia era sinónimo de muerte. Para Beckett ya no se trata de un enfrentamiento a la muerte sino a la vida, a lo que resta de ella. La no vida sería la solución.
Krapp soluciona su tragedia existencial y espera que termine su tiempo practicando un hermetismo ajeno a la socialización. Una vez conoció a alguien, allí estaba todo, la luz y la oscuridad. Nunca cantó, jamás amó, no supo ser feliz.
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