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La farolera tropezó
Adónde van las palabras que nadie escucha…
La directora Alejandra Marino eligió para su puesta acentuar la misma sobre el texto, una adaptación propia de dos monólogos de Darío Fó y Franca Rame. Esta elección da como resultado una lavada muestra escénica de uno de los conflictos universales que más castiga a la mujer: el maltrato al que, sin distinción de etnia o religión, es sometida desde la misma creación de la humanidad.
La mujer golpeada, la que no parece tener derecho a sentir, gozar, soñar, la mujer violada, no solo física sino también moral, afectiva e intelectualmente. La mujer víctima de un mundo que toma como modelo de perfección al hombre que puede decidir que hacer con ella cual si fuera un juguete creado para su placer y servidumbre.
La mujer es el tema central de esta obra que no logra, lamentablemente, mostrar, más allá del discurso, justamente ese estado de sometimiento, y no lo logra porque la dirección no apostó a jugarse al máximo tanto en la disposición escénica como en la dirección actoral dejando una sensación de falta de investigación en el juego teatral.
Sonia Boll no alcanza profundidad cuando representa la vida de María, mujer golpeada por un marido déspota que, sin embargo, pareciera tener una razón en su accionar porque fue María quien lo engañó, aunque ese engaño hubiera surgido por la falta de amor y la rutina a la que se veía sometida bajo el supuesto de que una madre no debe gozar, no debe sentir, premisa religiosa que domina el consciente colectivo.
Algo mejora la misma actriz cuando interpreta a Milagros, que sale a divertirse, se produce muy coqueta y termina a manos de unos degenerados que la violan reiteradamente. El clima denso que supone semejante hecho aparece un poco más jugado, aunque la puesta es más bien limitada.
El nexo entre ambas historias lo representa la actriz Graciela Malvagni, como Rosa, la madre de esas dos mujeres, hermanas al fin en la desgracia. Rosa está atada a los prejuicios culturales que la lleva a creer en un principio el de que algo malo habrán hecho sus hijas para merecer esa suerte. Ella como mujer también ha aceptado el rol que los convencionalismos le impusieron. Un pañuelo, como guiño demasiado usado a las Madres de Plaza de Mayo, y una pregunta final sobre dónde están sus hijas no alcanzan para mostrar como una madre, bajo esas circunstancias, podría actuar.
Su composición con todo es aceptable, aunque hubiera sido preferible un poco más de garra tanto para mostrar su resignación inicial como para finalmente reaccionar ante el dolor.

