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La omisión de la familia Coleman
Sencillamente desopilante, sencillamente dura.
La omisión de la familia Coleman habla justamente de esas pequeñas y enormes omisiones de esta familia distinta y a la vez similar a cualquier familia; el reto es descubrirlas. Hijos todos de una misma madre, cuidados, criados y protegidos, a excepción de uno de ellos, por una abuela que es a la vez madre y padre de estos huérfanos con madre… ¿Parece complicado? … pero es sencillo…
La familia está compuesta por una abuela a punto de hacer su último viaje, que asume todos los roles con autoridad pero a la vez es cómplice de todo y cada uno de los actos, hechos, situaciones que producen hilaridad por lo increíbles y que a la vez alertan al público que no para de reír y no puede sino pensar cuanto de eso que ve es también parte de su propia realidad.
La inteligente obra de Claudio Tolcachir combina la comedia, el absurdo, el drama y una gran influencia del grotesco para contar esta historia de silencios, desencuentros, omisiones. Es, además, una metáfora sobre los últimos 50 años del país, fácil de reconocer por cualquier buen argentino: nada funciona, ni el timbre, ni el gas, que si no se paga no se usa, ni el lavarropas, ni la solidaridad entre hermanos, hermanastros, hijos, nada de nada. Una casa en disolución como el país siempre a punto de desaparecer, de quebrarse, porque sus habitantes están siempre quebrándose aunque no lo quieran reconocer: Omisión.
La puesta muestra esta decadencia; una casa en descomposición como la vida de sus habitantes, un empapelado rasgado, puertas que no cierran, un sofá con cicatrices como el alma de cada uno de los moradores de esa casa que se derrumba, las canillas que gotean diluyendo la vital energía que supone vida.
Cada integrante tiene una historia que hay que descubrir. Memé, la mamá-niña, en una brillante composición de Miriam Odorico, es una eterna enamorada capaz de decir a una de sus hijas que en realidad los tuvo, pero que nos los esperaba… “vinieron, viste”. Mario, estupendamente actuado por Lautaro Perotti,es el hijo tonto, psicótico, que “ve” o predice muertos siempre, el único que permanecerá allí, el que no abandona.
La Abuela, una muy querible Ellen Wolf, contiene, oculta, perdona y silencia todas y cada una de las “travesuras” de su amada familia, Gabi, fuerte composición de Tamara Kiper, la hija que quiere salir, busca y necesita la esperanza de un mañana mejor, sensible en su dureza de gestos, de modos. Damián, bien resuelto por Diego Frutos, siempre buscará la forma de conseguir lo necesario para sobrevivi, del modo que sea, como un típico busca sin demasiados escrúpulos, siempre a punto de estallar, protector de su hermana y enfrentado a sus hermanastros. Verónica, bien interpretada por Inda Lavalle tuvo la suerte de salir, de no estar, de crecer en otro lugar con su propia familia tipo, pero tan infeliz como quién más, con su poder económico y su carencia afectiva.
Los diálogos son fantásticos, con humor tragicómico para seguir con mucha atención, que dejan algunas incógnitas sin resolver, lo cuál es una maravillosa tarea para el hogar. Con un elenco de primer nivel y el reconocimiento como mejor espectáculo en la Fiesta Provincial de Teatro 2005, esta obra se convierte en una imperdible propuesta para los amantes del teatro y no tanto. Una oportunidad de verse seguramente reflejados directa o indirectamente…

