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La pornografía
Un hombre llega a una finca a descubrir quién realmente es, donde conoce a cuatro personas más, en oscuro marco...
Desde un teatro signado por la acción que por momentos deja en un muy segundo plano a la palabra, la obra se convierte en una lucha por representar imágenes que obedecen a representar situaciones absurdas que no parecen sumar al relato, sino más bien a poner al espectador en un lugar de incómoda curiosidad frente a los hechos en escena. Es un no entender pero aguardar constantemente una resolución o un momento de distensión, y este clima ayuda a entrar en la forma de contar de la obra. Todo depende de la capacidad que se tenga de observar imágenes que pueden perturbar y aburrir, tanto como divertir y sorprender.
Basada en la novela “La seducción” de Witold Gombrowicz, la historia gira entorno a la llegada a una estancia campestre de un hombre aparentemente desconocido por los habitantes del lugar. Dos hombres adultos y dos jóvenes le preguntan al recién llegado detalles de su vida en la ciudad. Entre respetuosa y vergonzosamente el extraño participa de los rituales que le plantean y allí es donde se da el constante juego.
En la representación física, las situaciones se vuelven extrañas al ojo del espectador, y se dan con tal dinamismo que no surge un lugar para preguntarse siquiera el porqué de algunas manifestaciones que sorprenden y descolocan constantemente.
Las imágenes que se suceden van de una frialdad absoluta a la más sincera cotidianeidad, que ahonda en la vergüenza a la exposición de lo propio frente a los ojos del otro, el deseo de sentirse partícipe de un hecho común, aunque esto obligue a raspar en lo más profundo, y el constante reclamo de lo que necesitamos o queremos del otro. Y sobre las formas que encontramos para pedirlo…o exigirlo.

