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La sonrisa de los siervos
La concreción de los sueños va mas allá de las posibles realidades que se nos presentan. Siempre dependen de las buenas voluntades y la sintonía mágica que aparece en las circunstancias más atenuantes para la materialización de la idea concebida: el sueño.
Hay algo de lo onírico que perfuma la producción de La Sonrisa de los siervos: la juventud de sus integrantes, el origen de la producción, la lucha de un grupo de teatro independiente por mantener un espectáculo en cartel durante casi un año, y , por supuesto , la innegable calidad de una puesta realmente muy bien lograda que surge de una dramaturgia basada en un texto inimaginable : el doctrinario pedagógico de una escuela de criados.
Una puesta en escena que se monta en el ocaso de una ilusión. Derruidas puertas asfixiadas por cenizas volcánicas abren nuestra vista a la perplejidad monótona de una escuela de servidumbre.
En ese espacio decadente e infame los actores desarrollan una interpretación viseral, exacerbada y de marcado expresionismo. Acompañados por un chelo en vivo que parece darle luz a las penumbras.
Existen fuerzas desencontradas, obsesiones eróticas y compulsiones de marcado egocentrismo que se fusionan y subyacen en el cuerpo y sus rasgos.
Una composición corporal plasmada en una coreografía de la imagen. Acciones que explícitamente se muestran a través del instrumento sensible del intérprete: el cuerpo.
La puesta de luces es excelente, crea los climas que se quieren mostrar, las penumbras de las almas, el contraluz expresionista, la carencia y la sordidez.
Lucas Olmedo es el creador de esta increíble obra que denosta una trama de perplejidades e ilusiones desde una sapiencia interesante fruto de un director que es más que una promesa, un hecho fortuito y agradable en el teatro independiente.
Una experiencia que los dejara azorados y ansiosos de ver más.

