Lisístrata, cruzada de las piernas cruzadas
Viaje al principio de las comedias en un submarino de Boedo
Uno camina por la Avenida Boedo sin esperar que una puerta sea el principio de un viaje hacia otras épocas. Ignorando lo que hay detrás de ella, muda y anónima, a través de un pasillo de paredes de cal ingresamos al espacio mágico del teatro.
En la puerta, las actrices reciben a los espectadores, aflojando energías con una observación aduladora, conservando su rol.
Se apagan las luces y vamos hacia Aristófanes, el primer comediante.
Lisístrata, una mujer revolucionaria, convence a todas las damas a cerrar sus piernas ante el deseo sexual hasta que los hombres depongan las armas.
La propuesta está caracterizada por la espontaneidad y la frescura que genera la solidez grupal de un numeroso grupo de actores en escena que representan a una mayor cantidad de personajes. Enfundados en un estridente vestuario, desfilando en un espacio reducido y plagado de objetos cantan, corren, suben, bajan, mientras divierten y se divierten.
Al mismo tiempo, reviven la más famosa anécdota aristofánica: la de las mujeres que realizan una descabellada huelga sexual para inducir a sus hombres a renunciar a la guerra.
Cada mujer tiene un rasgo, una característica que la define. Cuentan, además, la dificultad de juntar en un proyecto a mujeres de una distinta clase social.
La dirección es magnífica, aprovecha todos los espacios, recursos y acciones que se puedan representar en un pequeño PH como escenario. La obra es hermosa, divierte y se puede sentir como los actores lo hacen también.
Un final abierto casi inentendible, deja con la duda… ¿Pudieron ellas lograr su cometido?
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