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Por Joaquin Vismara reportar    Compartir

Pablo Krantz

Después de radicarse en París durante cinco años, el cantautor y escritor volvió a Buenos Aires y este jueves presenta en vivo su último disco, “Les chansons d'amour ont ruiné ma vie”.





A lo largo de una prolífica carrera, Pablo Krantz fue mutando su estilo conforme se lo dictaban sus inquietudes y necesidades. Al margen de sus trabajos como profesor de francés, traductor y colaborador periodístico, desde los '80 fue desarrollando una carrera musical tan amplia como diversa. Primero, comandó El Pesanervios entre 1989 y 1997,  grupo que partió de lo lúgubre del dark para ir tomando con el pasar de los años un tinte más cancionero. Ya en 1999, Krantz optó por la veta solista con su disco “Demasiado tiempo en ningún lado”,  al que le siguió “Los extraños nunca dicen adiós” dos años más tarde. Entre medio, desarrolló su faceta como escritor, con los libros de cuentos “Dame un coche tan rápido que no lo alcancen los recuerdos” y “La mañana en que falló la ley de la gravedad”.

Pero, al margen del reconocimiento en sendos ámbitos músico y literario, a fines del 2001, Krantz decidió armar las valijas, cruzar el Atlántico y probar suerte en Francia. Radicado en París entre el 2002 y el 2007, Pablo fue de a poco retomando sus dos actividades, esta vez en la lengua gala. Así, una editorial publicó “Le saint cleptomane et la fille au vagin doré” (“El santo cleptómano y la chica de la vagina dorada”), su primera incursión literaria en otra lengua, y luego vieron la luz dos volúmenes de la novela de aventuras “Paul et Nadia”. Después de replantear su estilo compositivo (fruto del cambio idiomático), Krantz lanzó en Francia su tercer disco, “Les chansons d'amour ont ruiné ma vie” (“Las canciones de amor me arruinaron la vida”), que fue editado en Argentina a comienzos de este año. Ahora, finalizado su éxodo europeo, Pablo está de nuevo instalado en Buenos Aires y presenta su último álbum este jueves 19 en la Alianza Francesa.

 

 

Tu último disco tiene no solo un cambio de idioma, sino también de lenguaje, con un tipo de canción distinta a la de tus trabajos anteriores. ¿Cómo se dio esto?

El cambio de lengua trae consigo muchas otras cosas; el hecho de ponerme a cantar en francés me permitió poder verme más de afuera y escuchar mi voz. Eso me hizo poder tomar definiciones de cómo quería que sonara mi voz independientemente de mi manera de hablar. Cuando uno utiliza otra lengua hay algunas cosas que tienen que ver con la fonética, pero lo más importante no es eso sino la tradición: quiénes escribieron en ese idioma, quiénes la hablaron, qué se estila. En mi primer disco gritaba más por estar con un grupo que sonaba más fuerte y por estar en Argentina, que es un país en el que se grita mucho. Ya en el segundo disco era un poco menos gritado y ya llegué a este estilo más susurrado, que se ajusta más a lo que hago.

 

¿Cuándo llegaste a Francia intentaste hacer en francés el tipo de canciones que hacías en Argentina o te viste forzado a buscar tu nuevo estilo?

Tuve un tiempo de inercia en el que seguía cantando mis canciones en español, pero mientras iba armando un repertorio y absorbiendo todos los cambios que hubo en mi vida desde que me fui. Cuando empecé a cantar en francés,  encontré un estilo de canciones más trabajadas y que giran alrededor de una frase o una idea y todo lo demás se encuadra ahí. Son más canciones con “tema” que las que hacía acá, que contaban historias.

 

Desde que te fuiste a París hasta que salió el disco pasaron más o menos cinco años. ¿Cómo fuiste encontrando tu lugar y tu lenguaje allá?

Tiene que ver con muchos grandes cambios en mi vida: irme a vivir a otro país, encontrarme con otra lengua, otra cultura. Hasta entonces yo había sido una especie de soltero impenitente y ahí estaba viviendo con una chica de manera estable por bastante tiempo, lo que dentro del torbellino que representa una mudanza intercontinental me traía una cierta calma. Mi segundo disco tiene una veta medio trágica, pero tenía que ver con lo que yo sentía en mi vida. Sentía que el destino estaba medio escrito, que estaba perdiendo mi vida y no sabía qué hacer para evitarlo. Cuando me fui allá, fui descubriendo un nuevo mundo con experiencias en las que jamás pensé que estaría. Todo eso me llevó a escribir canciones haciendo un poco de ejercicio de estilo, por más que hablen de la persona que las canta. Son menos desgarradas porque mi vida se había vuelto así.

Acá yo no era una persona que fuera a las piscinas o que durmiera la siesta, (“Dants da piscine” y “La seule institution que je respecte”, respectivamente) y me terminé dando cuenta que acá tenía una vida muy disciplinada y una actitud de “No me importa nada, el país se cae a pedazos pero tengo que hacerlo porque es mi meta en la vida”. Necesitaba un cambio y disfrutar más de la vida, y si compuse canciones sobre piscinas y siestas es porque necesitaba meter más piscinas y siestas en mi vida.

 

¿Y cómo fue armarte desde cero en otro país?

La realidad es que, más allá de que siempre es duro empezar de cero, para mí lo más drástico es que yo acá conocía a miles de personas y viceversa. Si quería un músico, un deseñador o una fecha, lo conseguía. Tenía todo casi servido y hecho por más que no fuera una estrella. Pero tuve la varita mágica del destino que hizo que a dos meses de llegar ya estaba tocando como guitarrista de Travis Bürki, alias Ü. Después de que me puse a componer en francés aparecieron productores para grabar demos con los primeros temas que había hecho. De casualidad, traduje dos cuentos míos que llegaron a una revista literaria  y al poco tiempo esa misma gente creó una editorial y editaron mi libro. Todo se fue dando de esa manera natural.

 

Desarrollaste la música y la literatura a sendos lados del Atlántico. ¿Encontraste diferencias en la manera de trabajar ambas cosas acá y allá?

La literatura y la música son dos mundos muy distintos, y en Francia están mucho más separados aún. Los franceses en general son personas más frías, acartonadas y lejanas comparadas con los argentinos, en el ambiente de la música están los personajes más “cálidos” o menos rígidos. Lo más sustancial es que Francia no es un país rockero: no hay grupos sino solistas y lo más importante es la personalidad del que canta y lo que ellos llaman el “universo” del artista, mientras que acá muchas veces puede ser cuán fuerte tocás, el aguante, la arenga que hagas o la ropa que te ponés. Ahora que volví veo que hay  más solistas y gente dispuesta a emocionarse por lo que escucha más que cuando yo vivía acá.

La gran diferencia sería el tema del dinero: allá se mueve mucho más dinero, hay muchas más ediciones, muchos más lugares, hay una suerte de seguro de desempleo que se llama “intermitentes del espectáculo” que autoriza una suerte de cachets por año... Hay todo un mercado y una estructura que permite que alguien pueda invertir 40 mil euros para abrir un sello y sacar un disco, como fue mi caso. Existe la posibilidad de que eso funcione, mientras que acá es todo más lento: las bandas tardan 10 años en encontrar su lugar.

Una de las razones por las que me quería ir era para dilucidar si era más difícil hacer lo que yo hacía en otro país  y en cierto sentido es más fácil. También hay muchísima más gente que hace más cosas buenas: así como es más fácil destacarse en Baradero que en Buenos Aires, es más fácil hacerlo acá que en París porque todo el mundo va a tocar allá. Si acá hay 300 visitas internacionales allá hay 10 mil y además tenés muchísima música hecha allá.

 

Antes hablabas de que en tu último período antes de irte estabas en una etapa más sombría en cuanto a tus composiciones. En esa época dijiste en una entrevista “Siento una necesidad absoluta de crear como una manera de justificarme ante la muerte”. ¿Seguís pensando así?

No, justamente es eso lo que cambió. En esa época creía que necesitaba crear algo demasiado sólido porque me daba terror el hecho de que fuera a morirme algún día y todo desapareciera. Cuando a los 6 le pregunté a mi padre si todos nos moríamos y él me dijo que sí, me pareció que nada tenía sentido. Si yo estaba bien un rato, después eso desaparecía. Tuve una adolescencia muy difícil, con mucha depresión y mucho hastío, y me sentía realmente muy marginal en el universo. Desde entonces todo fue una suerte de salida, fui saliendo poco a poco de ese sentimiento. Yo creía que el dolor era inherente a la condición humana y que cuando uno no estaba sufriendo, en realidad era solo porque no se estaba dando cuenta, se lo ocultaba. Empecé a romper con este sistema la primera vez que me fui al sur a los 18 años y me di cuenta que la vida podía ser algo hermoso y milagroso. Poco a poco me fui alejando cada vez más de ese tipo de sentimientos, y el viaje a Francia fue un corte definitivo.

Por un lado, ya había hecho muchas cosas y no necesitaba justificarme nada; por más que no hubiera vendido cientos de miles de discos o libros, ya había creado cosas de mi nada interior. Cuando vivía acá sentía que no me gustaban ni la música ni la literatura local, entonces me parecía necesario crear algo que me pareciera bueno. En Francia me pareció que eso ya no era necesario; allá ya había miles de canciones grandiosas y miles de libros formidables, la humanidad no me necesitaba.. Podía disfrutar de mi vida y hacer lo que quisiera porque nadie necesitaba que yo cantara o escribiera.

 

Con tu éxodo te demostraste lo que querías comprobar. ¿Qué te llevó a volver?

La vida es mucho más que la carrera artística de uno, muchas decisiones no dependen de eso. Cuando me fui, mi lema era golpearme la cabeza contra las paredes hasta que  se movieran o se me destruya la cabeza. Hasta cierta edad estuvo bueno hacerlo, pero para mí no tenía sentido vivir sacrificándome por mis canciones o escribir. Cuando decidí volver, me pareció que acá también podía hacer muchas cosas , sobre todo en cuanto a lo literario. En lo personal, creo que acá puedo estar mucho más feliz y tranquilo acá, y lo compruebo día a día. Allá me aislé mucho: saqué tres libros pero me tuve que encerrar a escribirlos, grabé un disco y fue lo mismo. Estaba en París pero bien podría ser en otro lado, ocupado en mi habitación o el estudio con lo que tenía que hacer. Cuando me fui, tenía la idea de que yo era extranjero acá, y allá comprobé lo que es realmente ser extranjero.

 

(Pablo Krantz se presenta este jueves 19 a las 21 en la Alianza Francesa, Córdoba 932).

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