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Diarios: un registro textual de los tiempos que corren . Una iniciativa del CCK, donde plumas como las de Martín Kohan, Mariana Enriquez, Gabriela Cabezón Cámara, Camila Sosa Villada y Pedro Saborido , ofrecen pensamientos de resistencia para este constexto de Pandemia Mundial.

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Diarios: registro textual de los tiempos que corren. Cinco escritores: Martín KohanMariana EnriquezGabriela Cabezón CámaraCamila Sosa Villada y Pedro Saborido. Este proyecto del Centro Cultural Kirchner es una forma de resistencia: el pensamiento no se detiene. La pandemia coloca a la humanidad en una situación extraña, un estado de alta velocidad y de estancamiento a la vez que amenaza con superar la capacidad de acción y de reflexión. El aislamiento de los cuerpos no nos deja en soledad.

Aquí te transcribimos el Segundo Episodio donde la escritora y periodista Mariana Enriquez,nos conduce entre libros y sensaciones compartidas por un camino donde el miedo y la esperanza se encuentran pero a una distancia prudencial. Hay muchas novelas sobre el fin del mundo, y en casi todas la catástrofe es más espectacular que la realidad. ¿La realidad? ¿Qué es eso?

Podés conultar y leer todos los escritos aquí. 

El pasado 8 de marzo, una fecha que parece ridícula por lejana, en otro tiempo y en otro mundo, Stephen King tuiteó: “No. El coronavirus no es como The Stand. No es ni de cerca tan grave. Se sobrevive. Mantengan la calma y tomen todas las precauciones razonables”. Esto lo escribió antes de las cuarentenas, los miles de muertos en Italia y España, las reacciones tan criticadas de Bolsonaro, Trump y Johnson. Pero no lo escribió, como le respondieron algunos, por creerse importante o considerar que, como autor de un libro acerca de una pandemia, debía opinar. Sucedía que en la prensa se comparaba a esta pandemia con The Stand (en castellano la novela se tradujo como La danza de la muerte y también como Apocalipsis –este fue además el título de la segunda edición aumentada; sí, es complicado, por eso es preferible llamarla The Stand) y es entendible que el autor, después de leer diez artículos y sus réplicas, haya dicho “ey, no, yo no predije esto ni lo que sucede se parece a mi ficción”. Tiene razón. En la novela, se “escapa” un arma biológica en forma de virus desarrollada en un laboratorio en el desierto de Mojave. En realidad el que se escapa es Charlie Campion, un trabajador de la base militar, al darse cuenta de que el virus estaba fuera de control. Escapa a Texas con su mujer y su hija, los tres infectados, y allí mueren. Ahí arranca la novela. El virus-arma elimina en menos de un mes al 99,4% por ciento de la población mundial. Tiene un nombre casi simpático: Capitán Trotamundos. Su nombre formal es Proyecto azul. Es imparable porque, al ser diseñado como un arma biológica, no deja de mutar. No se hizo vacuna antes porque la idea era justamente esa: que fuese escurridizo, invencible y letal. Por supuesto, no hay vacuna después porque no queda quien tenga conocimientos para hacerla –y además no hace falta, porque los vivos son todos inmunes.
 
The Stand es una novela muy extensa, la más larga de King hasta ese momento (se publicó en 1978) y sigue al puñado de sobrevivientes norteamericanos –el resto del mundo muere de golpe en un solo y breve capítulo– mientras se configuran dos grupos: los que van hacia Madre Abigail, una anciana negra de 108 años, y los que van hacia Randall Flagg en La Vegas. Madre Abigail es buena, aunque a veces peca de soberbia; con un grupo de sobrevivientes forma una comunidad, la Zona Libre de Boulder, en Colorado. Flagg es un psicópata no del todo humano –puede transformarse en animales: es quizá un demonio– que se estoquea de armas nucleares.
 
Hay muchas novelas sobre el fin del mundo, muchas distopías postapocalípticas. The Stand es de las más famosas porque es de Stephen King y porque es adictiva. Y porque los personajes crecen y se vuelven compañeros y tan reales a pesar de la dicotomía bien-mal un poco rígida.
 
Como King, tengo que apuntar que el escenario de The Stand es incomparable con esta pandemia: la mayoría de los afectados, hoy, tienen un síndrome respiratorio tratable. Pero entre muchos amigos y contactos de redes sociales salir a la calle se siente como ir a la guerra. Uno de los memes que más circulan estos días tiene a Will Smith en la película Soy leyenda como protagonista. Se ve al actor con un arma cruzando una urbe desolada acompañado de su perra –en otros, porque hay muchos, está en un supermercado con su carrito, entre góndolas vacías–. Soy leyenda se basa en la novela de Richard Matheson de 1945: el protagonista, Robert Neville, sobrevive a una pandemia que transforma a la humanidad en vampiros-zombies. En su encierro, Neville investiga la bacteria (en este caso no es un virus) y de día se dedica a salir a clavar estacas en el corazón de los infectados. Will Smith, como Stephen King, ya pidió públicamente que no se compare la película con la pandemia o, más bien, salió a desautorizar el meme: “Aunque parezca divertido comparar lo real con la ficción, la pandemia que vive el mundo actualmente es un problema serio”, dijo. También aseguró que se sentía responsable por parte de la desinformación, lo cual es quizá darse demasiada importancia. El personaje de Smith en la película tiene algunas diferencias con el de la novela: es virólogo (Neville es autodidacta) y lo acompaña su mascota (Neville está absolutamente solo).
 
The Stand y Soy leyenda son novelas postapocalípticas y de horror. En nada se parecen a nuestro presente y en nada se parecerán a nuestro futuro después de la pandemia que estamos atravesando, pero por algo se nombraron tanto y por algo la mayor parte de los chistes y las comparaciones y el humor negro se refieren al fin del mundo, de la civilización, de la especie humana. Por algo nos comportamos como si el virus flotara en el aire cada vez que salimos. El miedo real, la ansiedad que fragiliza, es quizá mucho menos espectacular, más cercana y más terrible. Alexandra Kohan, la psicoanalista y escritora, tuiteó hace unos días: “lo tremendo es la sensación de inminencia”. Y es exactamente eso: la espera. El pico. Se viene el pico. ¿Cuándo se viene el pico? ¿Cuáles van a ser los peores días? También el miedo a enfermar y soportar la severidad del protocolo: aguantar en casa hasta que los síntomas se compliquen y, si eso ocurre, ser internado, aislado, hasta curarse o morir. El terror a morir solo y a no despedirse se ha agudizado de una manera atroz, como si morir acompañado, en la cama propia y rodeado de la familia no fuese algo muy poco común y una imagen muy romantizada. Pienso en los ahogados en el Mediterráneo, los aplastados en terremotos, los ahogados en tsunamis, los muertos en accidentes de tránsito, las víctimas de la violencia de nuestro continente, y me digo que la regla de la muerte es la crueldad y la soledad. Estar en una cama con ayuda y la mirada amorosa de alguien querido es la excepción: la maravillosa excepción. Tenemos miedo, también, por los argentinos que no pueden aislarse con facilidad, que no viven con comodidades mínimas, que necesitan trabajar, que no tienen agua potable y escuchan que es elemental que se laven las manos, y desesperan. Si todo se desborda sufrirán a esta cosa vil con un impacto brutal que, esperamos y confiamos en que –y otra vez la inminencia y la espera– se pueda contener.
 
Ese es el futuro que vemos venir y al que le tenemos miedo. Es raro cuando se hacen planes para el futuro o cuando se habla de “qué vamos a hacer cuando esto termine”. Divierte un rato pero deja una sensación de desasosiego. Aparece lo inminente en su peor escenario: el desborde y la incertidumbre, la imposibilidad de contención, esos médicos que lloran en Europa, los enfermos en los pasillos. Conocemos la pesadilla y la repetimos tantas veces que pensarla se vuelve un vacío negro. La escritora y editora Marina Yuszczuk escribía hace unos días en Twitter: “Lo doloroso es que esto no es pensable: es un agujero en el cerebro”. Creo lo mismo. Esto que escribo no es pensar, no del todo. No llega a eso. Es más superficial, es un resguardo contra la inminencia, es un escudo de papel.
 
No soy una especialista en literatura del postapocalipsis, lo que es raro en una lectora de género, pero la verdad es que nunca me resultó un subgénero atractivo. De hecho, The Stand debe ser uno de los libros que menos me gustan de Stephen King y Soy Leyenda me atrae más porque es de vampiros. Ninguno de los dos, además, plantea la inminencia, quizá lo más terrorífico (o eso me parece en estos días: no solo pienso poco, sino poco claro). En un repaso a mano alzada recuerdo que el texto que sí describe esa sensación de suspenso es El último hombre de Mary Shelley, publicado en 1816. Después de un largo prólogo en una novela llena de peripecias, los personajes Lionel y Adrian tratan de volver a sus vidas normales mientras la plaga se extiende por Europa. Hay noticias de un sol negro. Las tormentas provocan inundaciones. Al principio Inglaterra parece estar a salvo, pero pronto la plaga llega. Esa llegada, lenta, está narrada tan bien que el terror es tangible. El Lord Protector huye al norte y muere solo entre provisiones. La plaga sigue y sigue, incluso hay que repeler barcos que vienen de Estados Unidos: primero invaden Irlanda, luego cruzan. Tras más peripecias, un grupo parte en busca de una especie de Tierra Prometida, pero todos mueren. La sensación de “persecución” invisible es tan vívida que esta novela es mucho más cruel que otras, donde la muerte llega tan rápido y de manera tan definitiva que es casi piadosa.
 
Tengo que recordar, todo el tiempo, que esto, la pandemia de hoy, también pasará. Que esto no es la extinción. Tengo que repetirme que la gran mayoría de los enfermos no mueren de este virus. No entiendo por qué es tan difícil hacerlo.
 
Quizá me ayude pensar en fines de mundo hermosos. Como el de Vermillion Sands, la playa de verano pero sin mar que describió el escritor británico J.G. Ballard en su libro del mismo nombre, publicado en 1971. “Sands” quiere decir “arenas”: Ballard imaginó muchos fines de lo humano (mundos inundados, mundos secos), pero en general su paisaje favorito fue el desierto. “Vermillion Sands es como yo imagino que será el futuro”, escribía Ballard. “Es un sitio donde viviría feliz. Es un balneario desértico e hiperiluminado, un suburbio exótico de mi mente”. Ahí se agolpan algunos de los sobrevivientes a una catástrofe no descripta. Hay escultores de nubes, pilotos que con planeadores tallan caballos marinos, unicornios, retratos de actores y pájaros exóticos en el cielo. También hay estrellas de cine retiradas, herederas criminales, mujeres hermosas y locas que encargan estatuas cantantes y se enamoran de hombres misteriosos. Hay partes de Vermillion Sands que se están deteriorando como un parque de diversiones abandonado, y seguramente son las más hermosas: allí hay muchas casas psicotrópicas en las que ya nadie vive, mansiones que guardan los recuerdos de sus habitantes anteriores y reaccionan como ellos lo harían, retrayéndose, cambiando de color, de forma, de perspectiva y luz. También hay boutiques especializadas en biotelas: son ropas vivas, que bullen, ronronean, se asustan y desperezan, que se adaptan a los cuerpos si ellas quieren, pero pueden deshilacharse y descoserse si se alteran. Prendas delicadas y hermosas. Ya nadie usa ropas inertes en el futuro de Vermillion Sands, salvo algunos excéntricos. Pero es un buen lugar para terminar. Un lugar decadente, hermoso y demencial.
 
También recuerdo estos días ese hermoso capítulo de Crónicas marcianas que se llama “Vendrán lluvias suaves” donde una casa vacía e “inteligente” sigue con sus rutinas, sin sus habitantes en (apenas) 2026. “Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, las ocho y uno. Pero las puertas no se golpeaban, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de los tacos de goma. Llovía afuera”. No puedo negar la belleza de los versos de Sara Teasdale que cita Bradbury en ese cuento: “Vendrán lluvias suaves y olores de la tierra / y golondrinas que girarán con resplandeciente sonido /, y ranas que en los estanques cantarán durante la noche, / y ciruelos salvajes de tembloroso blanco /, y petirrojos que vestirán plumas de fuego / y silbarán sus canciones en los alambres de las cercas; / y nadie sabrá que hay guerra, nadie / se preocupará del fin de la guerra. / A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles, / si la humanidad se destruye totalmente; / y la misma primavera, al despertarse al amanecer, / apenas sabrá que hemos desaparecido”. No niego su hermosura pero me rebela este poema. Me enoja. La poesía y la belleza no siempre tienen razón. En general cuestiono las ideaciones sobre el hombre como asesino de la Tierra y todas sus variantes, sobre todo hoy la estupidez de que el coronavirus es bueno para el medio ambiente. Los videos de los animales rondando las ciudades vacías son muy simpáticos pero también muy ominosos; lo que debe y tiene que pasar es que esas ciudades se vuelvan a llenar de gente. ¿Gente con mayor conciencia y mejor trato con un planeta al límite? Por supuesto. La crisis climática de nuestro planeta es real. Hay que tratar de detenerla. Pero esta no es una lección ni un castigo divino. El ambientalismo misántropo se convierte muy rápido en pensamiento ecofascista. Vendrán lluvias suaves, sí. Y las recibiremos con paraguas y puteadas, baldosas flojas y goteras.

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